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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Gregorio Magno (540-604), papa y doctor de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Colosenses 1,9-14

Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios; confortados con toda fortaleza por el poder de su gloria, para toda constancia en el sufrimiento y paciencia; dando con alegría gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo no fundó y no conoce personalmente a la Iglesia de Colosas, pero el amor que siente por ellos le impulsa a orar sin interrupción: "no hemos dejado de rogar", les escribe. La oración por los hermanos manifiesta la profundidad del lazo que une a los discípulos de Jesús aunque estén lejos físicamente. Pablo especifica también la intención de la oración: para que "lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad, con total sabiduría y comprensión espiritual". El apóstol sabe que no se puede vivir la fe sin escuchar la Palabra de Dios cada día. Solo así se obtiene la "sabiduría" y la "comprensión espiritual" que permiten sondear y conocer la voluntad de Dios. Conocer el Evangelio no es una suma de teorías, sino acoger en el corazón del plan de amor que tiene Dios para nosotros y para el mundo. Esa es la comprensión espiritual que debemos adquirir. Y la obtenemos acogiendo el Espíritu que, a través de las Sagradas Escrituras, nos revela la voluntad de Dios para el mundo. De esa comprensión espiritual brota para el creyente la fuerza para comportarse "de una manera digna del Señor". La vida del creyente no es el fruto de un esfuerzo de voluntad; es la consecuencia, a veces fatigosa, de amar al Señor y de "agradarle". Sí, la vida cristiana consiste en "agradar" a Dios "en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios". De esa comprensión de Dios, que es comunión de amor, nacen los frutos en buenas obras. Pablo no concreta qué quiere decir con "obras buenas". Toda la conducta se hace testimonio de la verdad del Evangelio (1,6), es decir, de la fuerza de Dios que opera en la comunidad y en cada creyente. El apóstol pide al creyente que confíe en Dios a lo largo del camino, especialmente, en los momentos de dificultad. De hecho, en aquel crecimiento hacia la "esperanza que os está reservada en los cielos", no faltarán las dificultades, los fracasos, las tentaciones y muchas ocasiones para desanimarse. En esos momentos –exhorta el apóstol– los creyentes deben ser magnánimos, misericordiosos, porque saben que las dificultades no prevaldrán. Los creyentes ya no están bajo el yugo del mal; han pasado de las tinieblas del error y del pecado a la luz, es decir, del "mundo" a la comunidad. Sin ningún mérito por nuestra parte, todos nosotros, que estábamos lejos, ahora formamos parte de la multitud de santos que, desde Abel hasta el final de la historia, forma la humanidad redimida. Es un pueblo grande que ya no está sometido a un poder tiránico del Mal, y que es libre del miedo de caer preso de invisibles poderes cósmicos. Nosotros ya hemos obtenido la redención de toda esclavitud: somos ciudadanos del Reino del Hijo donde la única ley es la ley del amor, de darse a los demás.


03/09/2015
Memoria de la Iglesia


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