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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de los atentados terroristas de EEUU; recuerdo de las víctimas del terrorismo y de la violencia, y oración por la paz.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Timoteo 1,1-2.12-14

Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza, a Timoteo, verdadero hijo mío en la fe. Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio, a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad. Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Tras el primer encarcelamiento en Roma (61-63), durante un viaje misionero, Pablo había dejado a Timoteo en Éfeso como vicario suyo y jefe de la comunidad cristiana. Él había estado allí durante tres años, del 54 al 57 (Hch 19); luego, despidiéndose de los ancianos, en el viaje de retorno a Jerusalén, les exhortó a mantenerse vigilantes (Hch 20,31). En aquella ocasión ya había predicho: "después de mi partida... entre vosotros mismos aparecerán algunos propalando falsedades, para arrastrar tras de sí a los discípulos" (Hch 20,30). Por eso había recomendado a Timoteo que tuviera una postura firme contra los que proclamaban opiniones alejadas del Evangelio. La Epístola, aunque está dirigida a Timoteo, tiene como destinataria toda la comunidad que, por culpa de los falsos maestros, corre el peligro de alejarse de su vocación. Pablo, haciendo uso de su autoridad apostólica, pide a todos que escuchen a Timoteo como si se tratara de él mismo. Aclara así el sentido de la autoridad en la comunidad cristiana. El que ocupa el puesto de guía tiene la tarea de servir a la unidad entre todos y de custodiar la fidelidad a la predicación apostólica. Al mismo tiempo que hace frente a los que difunden errores, debe sobre todo edificar la comunidad con la predicación. Pablo no describe los errores pero describe las consecuencias que provocan. La aparición de resentimientos y de disputas hacían difícil la comunión entre los hermanos y todo eso los alejaba de Dios. Y alejarse de Dios es prueba de la falsedad de aquellas doctrinas. El Evangelio se nos comunicó para que creciera en nosotros el amor de Dios y de los hermanos. Y ese amor no se basa en nuestras costumbres ni se mide según nuestras convicciones, sino escuchando la Palabra de Dios. Sin el deseo de construir esta fraternidad según el Evangelio, lo único que se hace son habladurías, dice el apóstol. A los corintios les escribía que sin el amor son como "bronce que suena o címbalo que retiñe" (1 Co 13,1). Eso pasa siempre que olvidamos que somos discípulos y nos las damos de "doctores de la ley". La soberbia es germen de muerte en la comunidad porque la amenaza en su mismo corazón: el amor. Pablo declara que la ley es buena porque fue dada para preparar el Evangelio: es "nuestro pedagogo hasta la llegada de Cristo", escribe a los gálatas (Ga 3,24). Pero con la llegada de Jesús llegó "el fin de la ley" (Rm 10,4). Es evidente que la ley es útil para los discípulos, pero solo si la entienden como un apoyo para mantenerse fieles al Evangelio. El discípulo de Jesús, salvado del pecado, es acogido en la comunidad. Y en la comunión fraterna encuentra la salvación. El apóstol, sabiendo que la ley es para los pecadores, enumera a varios: prevaricadores y rebeldes, impíos y pecadores, irreligiosos y profanadores, parricidas y matricidas, asesinos, adúlteros, homosexuales, traficantes de esclavos, mentirosos, perjuros... La ley fue promulgada para todos ellos, para que frenara sus instintos destructores que les llevaban a hacer el mal. En realidad, cada uno de nosotros sabe que es esclavo de sus instintos. Por eso no debemos despreciar la ley, es decir, una estricta disciplina que suavice las durezas, que evite los abusos y que aleje los pensamientos malvados y violentos. El mismo Evangelio del amor –lejos de ser una nueva ley– exige una disciplina del corazón para que no ahoguemos con nuestras oposiciones el amor que el Señor ha derramado en nosotros. Lo que salva es el amor del Señor, pero hay que dejarlo trabajar en nuestra vida. Y el Evangelio que se le confió a Pablo es, precisamente, anunciar la liberación de la ley con el Evangelio del amor. Por tanto, quien piense que es justo e inmune al mal, que esté atento porque corre el peligro de no saber aceptar la libertad del amor, la única que puede cortar nuestra complicidad con el mal. Por el contrario, quien reconoce su pecado y siente la necesidad de ser salvado, acogerá y comprenderá el amor que Dios nos ha dado.


11/09/2015
Memoria de Jesús crucificado


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