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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Timoteo 6,2c-12

Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, está cegado por el orgullo y no sabe nada; sino que padece la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin propias de gentes que tienen la inteligencia corrompida, que están privados de la verdad y que piensan que la piedad es un negocio. Y ciertamente es un gran negocio la piedad, con tal de que se contente con lo que tiene. Porque nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores. Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Por tercera vez el apóstol previene a Timoteo de aquellos que falsean las enseñanzas evangélicas (1,3-20; 4,1-11). Estos se separan de la comunidad porque no siguen las "sanas palabras" del Señor, las únicas que son fuente de salvación porque libran del pecado y de la muerte. Aquellos que permiten que prevalezca su orgullo quedan subyugados por él. Ese es el significado de la ceguedad de la que habla el apóstol y que lleva a "no saber nada" y a "padecer la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras". Este comportamiento arrogante y vanaglorioso no es inocuo; es dañino para uno mismo y para la comunidad. El orgullo destruye el amor fraterno, que debe ser el distintivo más elevado de la comunidad. Los frutos amargos del orgullo son "las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin". El apóstol advierte con especial intensidad que los herejes abusan de la piedad para obtener beneficios personales. Para el discípulo es cierto lo contrario: "la piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura" (4,8). La vida guiada por la "piedad" evangélica es un rico beneficio para el tiempo presente y para la eternidad. Pero debe ir siempre unida a la unidad y a la humildad, a la moderación, manteniéndose libre de todo afán de dinero, y contentándose con lo que Dios ha dado. Pablo, para subrayar la correcta posesión de los bienes terrenales, recuerda un pensamiento ya existente en las Escrituras: "No hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él". Es una frase que contiene una sabiduría antigua que no persigue el desprecio de los bienes terrenales, pero tampoco su exaltación hasta convertirse en esclavo de ellos. Aquel que atesora riquezas para sí mismo, que recuerde lo que le dice Dios: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" (Lc 12,20). Pablo sabe que la avidez es venenosa. Por eso no duda en condenar a aquellos hombres que están poseídos por una sedienta avidez de riquezas y se abandonan sin freno a ella. Esta ansia de acumular bienes para uno mismo es deletérea tanto para quien es esclavo de ella como para los demás: lleva a la perdición del corazón y de la vida. Pablo no tiene miedo de decir que "la raíz de todos los males es el afán de dinero". El mismo Jesús fue especialmente claro y duro: "No podéis servir a Dios y al Dinero" (Mt 6,24). La codicia es inconciliable con la piedad cristiana y con una vida que sea realmente humana.


18/09/2015
Memoria de Jesús crucificado


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