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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de santa Teresa de Lisieux, monja carmelitana a la que movía un profundo sentido de la misión de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Nehemías 8,1-4.5-6.7-12

todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta del Agua. Dijeron al escriba Esdras que trajera el libro de la Ley de Moisés que Yahveh había prescrito a Israel. Trajo el sacerdote Esdras la Ley ante la asamblea, integrada por hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era el día uno del mes séptimo. Leyó una parte en la plaza que está delante de la puerta del Agua, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón; y los oídos del pueblo estaban atentos al libro de la Ley. El escriba Esdras estaba de pie sobre un estrado de madera levantado para esta ocasión; junto a él estaban: a su derecha, Matitías, Semá, Anaías, Urías, Jilquías y Maaseías, y a su izquierda, Pedaías, Misael, Malkías, Jasum, Jasbaddaná, Zacarías y Mesul-lam. Esdras abrió el libro a los ojos de todo el pueblo - pues estaba más alto que todo el pueblo - y al abrirlo, el pueblo entero se puso en pie. Esdras bendijo a Yahveh, el Dios grande; y todo el pueblo, alzando las manos, respondió: "¡Amén! ¡Amén!"; e inclinándose se postraron ante Yahveh, rostro en tierra. (Josué, Baní, Serebías, Yamín, Aqcub, Sabtay, Hodiyías, Maaseías, Quelitá, Azarías, Yozabad, Janán, Pelaías, que eran levitas, explicaban la Ley al pueblo que seguía en pie.) Y Esdras leyó en el libro de la Ley de Dios, aclarando e interpretando el sentido, para que comprendieran la lectura. Entonces (Nehemías - el Gobernador - y) Esdras, el sacerdote escriba (y los levitas que explicaban al pueblo) dijeron a todo el pueblo: "Este día está consagrado a Yahveh vuestro Dios; no estéis tristes ni lloréis"; pues todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley. Díjoles también: "Id y comed manjares grasos, bebed bebidas dulces y mandad su ración a quien no tiene nada preparado. Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la alegría de Yahveh es vuestra fortaleza." También los levitas tranquilizaban al pueblo diciéndole: "Callad: este día es santo. No estéis tristes." Y el pueblo entero se fue a comer y beber, a repartir raciones y hacer gran festejo, porque habían comprendido las palabras que les habían enseñado.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El capítulo empieza describiendo el gran momento de unidad del pueblo que está en Jerusalén: "Todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la plaza". Leer el "libro de la Ley de Moisés" crea esa unidad: "Los oídos del pueblo estaban atentos al libro de la Ley". Podemos suponer que se refiere al Pentateuco, que después del exilio es cada vez más el corazón de la vida de fe de Israel junto al culto en el templo de Jerusalén. En realidad, cuando se nombra la palabra "Ley" –en hebreo, Torá–, además de indicar el Pentateuco, se quiere hacer referencia también a las enseñanzas más generales de Dios, de modo que el término tiene una acepción más amplia que un simple conjunto de normas y reglas que hay que observar. La lectura de la Ley debe hacerse desde un lugar elevado, una tribuna, como en la sinagoga, o un púlpito, como en las iglesias, para que todos puedan escuchar la palabra de Dios y también para que todos puedan ver el libro. Es hermoso ver lo que le sucede a quien escucha la lectura del libro: ante todo, todo el pueblo se pone en pie en cuanto se abre el libro; luego, se pone de rodillas y se postra en señal de veneración y de devoción por el libro de la palabra de Dios. Esta página nos ayuda a desarrollar una auténtica devoción por el libro de la Palabra de Dios, para leerlo y escucharlo en un clima de escucha y de oración. El autor destaca que la asamblea reunida leía y escuchaba la lectura del texto y la explicación que se hacía. Ya desde entonces se vio claro que para comprender el libro de la Palabra de Dios no es suficiente la lectura individual. Siempre hay que leer la Palabra en el pueblo, en la Iglesia, para escuchar juntos su explicación. Y la consecuencia de esa escucha común en la oración es la conmoción del corazón que, como en este caso, llega incluso a llorar. No obstante, Esdras exhorta a no mostrar duelo y a no llorar, sino más bien al contrario, a alegrarse: "Id y comed manjares grasos, bebed bebidas dulces y mandad su ración a quien no tiene nada preparado. Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la alegría del Señor es vuestra fortaleza". Si escuchamos la Palabra de Dios con el corazón, esta sacia el hambre y la sed ("No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"), nos permite ser solidarios con los que no tienen, borra aquella tristeza tan típica de quien se acostumbra a escucharse solo a sí mismo e infunde en cada persona la alegría de la presencia de Dios, que es fuerza de vida.


01/10/2015
Memoria de la Iglesia


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