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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de María Salomé, madre de Santiago y de Juan, que siguió al Señor hasta los pies de la cruz y lo colocó en el sepulcro. Recuerdo de san Juan Pablo II.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 6,19-23

Hablo en términos humanos, en atención a vuestra flaqueza natural -. Pues si en otros tiempos ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la santidad. Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la justicia. ¿Qué frutos cosechasteis entonces de aquellas cosas que al presente os avergüenzan? Pues su fin es la muerte. Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol compara, con gran eficacia, dos libertades: la que se obtiene con una vida que pone al centro a uno mismo y la que se obtiene con una vida que sigue al Señor. En ambos casos, en cierta manera, el hombre está libre de la ley. Pero la libertad sin Dios y sin los hermanos solo trae frutos amargos y desordenados, porque nos hace esclavos de nuestras tradiciones y de nuestro orgullo, nos somete a la fuerza malvada del pecado y del mal. El apóstol ha repetido claramente que la salvación no viene de nosotros mismos o de nuestras obras, no es el fruto del trabajo del hombre. La salvación viene de Dios que nos libra de la esclavitud de los instintos del pecado y nos da la libertad para servir al Evangelio y, por tanto, dedicar toda nuestra vida a amar a Dios, a los hermanos y a los pobres. Escribe: "Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; cuyo fin es la vida eterna" (v. 22). La libertad del cristiano empieza cuando acoge el amor que Dios ha derramado en nuestro corazón para ponernos al servicio de su gran plan de amor por el mundo, es decir, instaurar ya ahora su reino de amor, de paz y de justicia. Participar en este plan de Dios es nuestra salvación, es entrar ya ahora en la vida eterna. El sentido de la vida es gastarla por el Reino de Dios. El amor que Dios nos da nos sumerge en un dinamismo de amor gratuito que cambia el mundo y satisface el corazón. Por eso podemos comprender bien, existencialmente, lo que dijo Jesús y el apóstol Pablo recordó a los ancianos de Éfeso: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”. El apóstol, sin miedo a exagerar, puede decir que somos como "esclavos" de Dios y de su justicia. Pero se trata de una "esclavitud" saludable que hace surgir frutos de paz, de plenitud y de vida eterna para uno mismo y para el mundo. Por eso Pablo afirma con audacia: "Liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia".


22/10/2015
Memoria de la Iglesia


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