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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Dal libro della Sapienza 13,1-9

Sí, vanos por naturaleza todos los hombres en quienes había ignorancia de Dios
y no fueron capaces de conocer por las cosas buenas
que se ven a Aquél que es,
ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice; sino que al fuego, al viento, al aire ligero,
a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las
lumbreras del cielo
los consideraron como dioses, señores del mundo. Que si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses,
sepan cuánto les aventaja el Señor de éstos,
pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó. Y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos,
deduzcan de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los
hizo; pues de la grandeza y hermosura de las criaturas
se llega, por analogía, a contemplar a su Autor. Con todo, no merecen éstos tan grave reprensión,
pues tal vez caminan desorientados
buscando a Dios y queriéndole hallar. Como viven entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas,
y se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan bellas se
presentan a los ojos! Pero, por otra parte, tampoco son éstos excusables; pues si llegaron a adquirir tanta ciencia
que les capacitó para indagar el mundo,
¿cómo no llegaron primero a descubrir a su Señor?

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Empieza en este capítulo un largo proceso contra la idolatría. El autor lo plantea en un momento de transición de su reflexión, como si quisiera justificar por qué Dios tuvo que intervenir contra los egipcios, aunque lo hizo con clemencia. Parece que el autor del libro quiere reflexionar nuevamente sobre lo que narran los primeros capítulos del libro del Éxodo, insistiendo en que lo que hizo Dios contra Egipto estaba justificado, pero no era un castigo definitivo. En un mundo pluralista y culto –el mundo en el que fue escrito el libro de la Sabiduría– el texto quiere poner de manifiesto el peligro de los ídolos, que poblaban el mundo helénico, y al mismo tiempo quiere reafirmar la misericordia divina, que no deja de ofrecer incluso a los enemigos de su pueblo la posibilidad de escuchar su palabra y arrepentirse. El texto describe la necedad de aquellos que fabrican ídolos y luego los veneran. Siguiendo lo que se dice en el salmo 115, el autor quiere enseñar la inutilidad de los ídolos, construidos por manos de hombres y, por eso mismo, muertos ya al nacer. Tal vez en el mundo actual nos podemos considerar fácilmente superiores y mucho más sofisticados que las palabras del salmo o de la Sabiduría. Hoy ya no se veneran estatuas o divinidades como se hacía en el mundo griego o romano. Pero son muchos más, los ídolos que construyen las manos de los hombres. Y no solo los veneramos, sino que llegamos incluso a dar la vida por ellos. No hay más que pensar en los ídolos de la riqueza o de la fuerza, del consumo o del bienestar, de la belleza o de la salud, del trabajo o del éxito. Son ídolos que esclavizan sin piedad hasta tal punto que a menudo sin ellos nos sentimos como vacíos y nos parece que la vida no tiene sentido. Frente a estas nuevas idolatrías, la Palabra de Dios no calla. Al contrario, se hace severa. A pesar de todo, la Palabra de Dios no condena de manera definitiva a aquellos que se dejan esclavizar por estos nuevos ídolos. El autor sagrado muestra la misericordia que esta contiene: "Sin embargo, éstos merecen menor reproche, pues tal vez andan extraviados buscando a Dios y queriendo encontrarlo" (v. 6).


13/11/2015
Memoria de Jesús crucificado


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