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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de la dedicación de las basílicas romanas de San Pedro del Vaticano y de San Pablo Extramuros.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segundo de los Macabeos 7,1.20-31

Sucedió también que siete hermanos apresados junto con su madre, eran forzados por el rey, flagelados con azotes y nervios de buey, a probar carne de puerco (prohibida por la Ley). Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un solo día, sufría con valor porque tenía la esperanza puesta en el Señor. Animaba a cada uno de ellos en su lenguaje patrio y, llena de generosos sentimientos y estimulando con ardor varonil sus reflexiones de mujer, les decía: «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus leyes.» Antíoco creía que se le despreciaba a él y sospechaba que eran palabras injuriosas. Mientras el menor seguía con vida, no sólo trataba de ganarle con palabras, sino hasta con juramentos le prometía hacerle rico y muy feliz, con tal de que abandonara las tradiciones de sus padres; le haría su amigo y le confiaría altos cargos. Pero como el muchacho no le hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y la invitó a que aconsejara al adolescente para salvar su vida. Tras de instarle él varias veces, ella aceptó el persuadir a su hijo. Se inclinó sobre él y burlándose del cruel tirano, le dijo en su lengua patria: «Hijo, ten compasión de mí que te llevé en el seno por nueve meses, te amamanté por tres años, te crié y te eduqué hasta la edad que tienes (y te alimenté). Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia. No temas a este verdugo, antes bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia.» En cuanto ella terminó de hablar, el muchacho dijo: «¿Qué esperáis? No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la Ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. Y tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En la página que hemos escuchado se narra el martirio del último de los hermanos macabeos, el más joven. El pasaje destaca la acción de la madre que exhorta a su hijo a aceptar su muerte y la del rey Antíoco IV que quería convencerle de que abandonara la fe de sus padres. Esta página nos dice claramente que la fidelidad a la ley de Dios comporta también el martirio. La madre, consciente de la primacía de la Ley de Dios, exhorta a su hijo a aceptar la muerte con serenidad: "Hijo, ten compasión de mí que te llevé en el seno por nueve meses, te amamanté por tres años, te crié y te eduqué hasta la edad que tienes (y te alimenté). Te ruego, hijo... No temas a este verdugo, antes bien... acepta la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia" (vv. 27-29). Es la fe fuerte de una madre que es consciente de la grandeza y de la fuerza de Dios. Para ella el Señor es más fuerte que el dolor y que la misma muerte. Por eso supera la tentación de la carne que podría llevarla a salvar a su hijo de la muerte pero a costa de traicionar su fe. Aquella madre sabía que de ese modo lo mataría. Pero decidió engendrarlo otra vez, pero en esta ocasión para la vida eterna, la que no termina y que nadie puede quitar. Podríamos decir que también ella en aquel momento era una mártir, es decir, una creyente que estaba dando la vida a su hijo. Algo similar decía el arzobispo Romero cuando predicó en el funeral de un sacerdote asesinado por los escuadrones de la muerte. El arzobispo, en su homilía, dijo que el Evangelio nos pide a todos los cristianos que seamos mártires. A algunos, añadió, como a aquel sacerdote, se lo pide hasta la sangre. Pero a todos se nos pide que demos la vida. Y puso como ejemplo a una madre que engendra a un hijo en su seno, que lo lleva en su interior durante nueve meses, que hace que nazca y luego lo amamanta y lo alimenta... Pues bien, dijo Romero, esta madre es una mártir porque está dando la vida a aquel hijo. Seguir el Evangelio comporta un amor que no tiene límites. Fue así también para Jesús. Oración con los santos


18/11/2015
Memoria de los santos y de los profetas


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