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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Jeremías 18,18-20

Entonces dijeron: "Venid y tramemos algo contra Jeremías, porque no va a faltarle la ley al sacerdote, el consejo al sabio, ni al profeta la palabra. Venid e hirámosle por su propia lengua: no estemos atentos a todas sus palabras." Estáte atento a mí, Yahveh,
y oye lo que dicen mis contrincantes. ¿Es que se paga mal por bien?
(Porque han cavado una hoya para mi persona.)
Recuerda cuando yo me ponía en tu presencia
para hablar en bien de ellos,
para apartar tu cólera de ellos.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

En esta breve página se refieren los pensamientos y las contradicciones que agitan el ánimo del profeta Jeremías. En él podemos ver la figura del creyente que es perseguido por los enemigos, que recibe "mal" a cambio del "bien" que hace. Los enemigos no sólo rechazan su predicación, sino que además la juzgan superflua porque pretende conocer ya cuál sea la voluntad de Dios en relación a su práctica cultual, y por su cometido de intérprete de la ley. Es la actitud que tendrán los fariseos hacia Jesús, que será puesto en discusión por proponer una enseñanza centrada en el amor, pero sobre todo por presentarse como el verdadero y acreditado intérprete del pensamiento de Dios –es más, como el único Maestro. Es la actitud de quien –también en la vida cristiana- se considera autosuficiente y capaz de vivir su fe en solitario. El profeta Jeremías sabe bien que no ha sido él quien ha elegido ser profeta, y no habla ni por iniciativa suya ni para proponer sus propios argumentos. Es el Señor quien le ha elegido y lo ha enviado a hablar al pueblo para que manifieste a todos cuál es la voluntad de Dios. La presencia de los profetas es el signo del amor de Dios, que no quiere que su pueblo sea esclavo de sus propios pensamientos y horizontes estrechos. El Señor, a través de los profetas y finalmente de su propio Hijo, quiere hacer partícipes a todos los pueblos de la tierra. Jeremías, aun con todas sus vacilaciones, comprende que no puede ceder ante los enemigos que no dejan de tramar insidias funestas contra él. Por eso se dirige directamente al Señor: "Estate atento a mí, Señor, y oye lo que dicen mis contrincantes" (v. 19). Y con la familiaridad del creyente le recuerda el tiempo en el que intercedía por cuantos son ahora enemigos, y no duda en invocar el castigo para sus acciones malvadas: "No disimules su culpa, no borres de tu presencia su pecado" (v. 23). El Señor Jesús, que culmina el anuncio del Reino, purifica la petición de Jeremías invitando a sus discípulos a rezar por los enemigos. Él es el primero en dar ejemplo en esto. El amor que el Señor nos dona es más fuerte que cualquier mal y llega a derrotarlo.


24/02/2016
Memoria de los santos y de los profetas


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