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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de José de Arimatea, discípulo del Señor que "esperaba el reino de Dios".


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Génesis 17,3-9

Cayó Abram rostro en tierra, y Dios le habló así: Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos." Dijo Dios a Abraham: "Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

La experiencia del exilio y de la dominación extranjera –la época en la que se escribe la página bíblica de la que hemos escuchado un pasaje- había reducido a Israel a un pequeño resto que veía sometida a una dura prueba la promesa hecha por Dios de ser un pueblo grande y numeroso, y de poseer una tierra fértil donde habitar, una patria estable donde prosperar, un lugar seguro donde vivir en paz. En estos momentos de esclavitud, de privaciones y de sufrimiento –lo que le sucede al pueblo judío cada vez que se aleja de Dios para seguir a otros dioses- Israel recuerda las promesas antiguas, aquella "alianza eterna" establecida entre Dios y Abrahán de convertirlo en "padre de una muchedumbre de pueblos" y de habitar en la tierra de Canaán: "Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna" (vv. 6-7). Recordando esta alianza el pueblo de Israel no pretende simplemente evocar una antigua memoria, volver al recuerdo de un pasado glorioso; hace actual esa promesa. Sucede así cada vez que escuchamos las Escrituras, también para nosotros, discípulos de Jesús. Cuando se abre el libro de las Sagradas Escrituras, sobre todo en los momentos de oración común, es el Señor quien desciende nuevamente en medio de su pueblo y nos habla, nos reconstruye como pueblo que escucha su Palabra, nos refuerza con su Espíritu, nos vuelve a donar su sueño, reaviva nuestra vocación de ser testigos de su amor en el mundo y nos asegura la promesa del futuro. Es cierto, la alianza requiere un compromiso también por nuestra parte, no sólo individual sino precisamente como pueblo. No se trata de una alianza simplemente jurídica, como puede ser un pacto entre extraños; es una alianza de amor, amor gratuito. De hecho es Dios quien decide ofrecérnosla gratuitamente en primer lugar, a nosotros que ni siquiera seríamos capaces de imaginarla. Por eso puede pedirle a Abrahán, y también a nosotros: "Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación" (v. 9).


17/03/2016
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