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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Timoteo 2,8-15

Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio; por él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por esto todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él;
si le negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo. Esto has de enseñar; y conjura en presencia de Dios que se eviten las discusiones de palabras, que no sirven para nada, si no es para perdición de los que las oyen. Procura cuidadosamente presentarte ante Dios como hombre probado, como obrero que no tiene por qué avergonzarse, como fiel distribuidor de la Palabra de la verdad.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo exhorta a Timoteo a ser fuerte, a no desanimarse, a no abandonarse a la pusilanimidad a la que se había inclinado (cfr 1,6-8. 13 s). La fuente de su fuerza es la «gracia de Cristo Jesús». Debe extraer continuamente inspiración y fuerza para su ministerio del encuentro con Jesús. El apóstol le recomienda que transmita el Evangelio que ha «oído en presencia de muchos testigos» y que, a su vez, también él lo confíe a personas «fieles» para que lo transmitan a otros. Ese es el sentido de la tradición de la Iglesia que da el mismo Evangelio de una generación a otra: una cadena ininterrumpida que une la fe de hoy a la predicación de los Apóstoles y, por tanto, al mismo Jesús. No se trata de la transmisión de verdades abstractas sino de la misma vida con Jesús que se convierte en testimonio de amor en la historia. Por eso Pablo recuerda a Timoteo, tal como había hecho en la epístola anterior, que debe ser «buen soldado de Cristo Jesús», como él mismo, su Maestro y modelo, también lo fue. También debe saber que la predicación del Evangelio comporta deshonores y fatigas. «Soportar las fatigas» forma parte del testimonio del discípulo. Por eso debe comportarse como un soldado que se dedica totalmente al servicio del Evangelio sin hacer otras cosas que puedan distraerlo; o ser como un atleta que respeta el reglamento de la carrera, sin entrar en caminos individuales fuera de la tradición de la comunidad; o bien ser como un labrador que no teme cansancio y sacrificios y emplea su vida para poder al final recoger los frutos de su trabajo. El discípulo, sobre todo, debe acoger en su corazón el misterio de «Jesucristo, resucitado de entre los muertos». La resurrección de Jesús es el misterio central de la fe cristiana y, por tanto, debe serlo también de la vida del discípulo. Ese es el Evangelio que predicó Pablo; y por eso ahora sufre encadenado en la cárcel «como un malhechor». Pero, añade Pablo, «la palabra de Dios no está encadenada», pues es más fuerte que las cadenas y que la misma muerte; ninguna potencia puede retenerla (4,17). Es más, las dificultades refuerzan la predicación y el testimonio. Ya en su primer cautiverio Pablo escribía: «La mayor parte de los hermanos, alentados en el Señor por mis cadenas, tienen mayor intrepidez en anunciar sin temor la Palabra» (Flp 1,14). Pablo sabe que «su sufrimiento» forma parte de la vocación apostólica, y de la vocación apostólica de los discípulos de todas las épocas: es el camino de Jesús que los discípulos están llamados a seguir. El martirio, es decir, dar la vida por Jesús, forma parte integrante del Evangelio. Por eso Pablo puede cantar: «Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él». El que da su vida por Cristo comparte con él la herencia de la gloria. El destino de los que se separan de Cristo, en cambio, es trágico. Jesús mismo lo dice: «A quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,33). En cualquier caso, añade el apóstol, es bueno saber que Jesús «permanece fiel»: no traiciona jamás. Es una advertencia paterna que el apóstol quiere hacer a los creyentes para que sepan que Jesús, pase lo que pase, nos espera como aquel padre esperaba al hijo pródigo.


02/06/2016
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