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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Amós 9,11-15

Aquel día levantaré la cabaña de David ruinosa,
repararé sus brechas y restauraré sus ruinas;
la reconstruiré como en los días de antaño, para que posean lo que queda de Edom
y de todas las naciones sobre las que se ha invocado
mi nombre,
oráculo de Yahveh, el que hace esto. He aquí que vienen días - oráculo de Yahveh -
en que el arador empalmará con el segador
y el pisador de la uva con el sembrador;
destilarán vino los montes
y todas las colinas se derretirán. Entonces haré volver a los deportados de mi pueblo Israel;
reconstruirán las ciudades devastadas, y habitarán en
ellas,
plantarán viñas y beberán su vino,
harán huertas y comerán sus frutos. Yo los plantaré en su suelo
y no serán arrancados nunca más
del suelo que yo les di,
dice Yahveh, tu Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El libro de Amós se caracteriza en conjunto por un tono siniestro y amenazador, pero su conclusión ofrece una palabra de esperanza. El profeta le recuerda al pueblo de Israel que, sobre todo en los momentos de saciedad, transformó el privilegio de ser elegido por Dios en un motivo de orgullo y de sordera a su Ley. El orgullo siempre aleja de Dios y lleva inevitablemente a la ruina. Es un tema recurrente en la historia de Israel que los profetas no dejan de estigmatizar, exhortando a los creyentes a no olvidar su origen y la necesidad de salvación que siguen teniendo. Es una constante en la fe tanto judía como cristiana: también nosotros, los discípulos de Jesús, somos débiles y esclavos del pecado como lo era Israel en Egipto, como lo eran los filisteos y los arameos. Dios nos ha llamado y nos ha liberado porque ha visto nuestra esclavitud y nuestra necesidad. Tras haber pronunciado muchos oráculos contra Israel, que se había alejado de Dios, el profeta ahora comunica una palabra de consuelo "a los que queden" del pueblo que se ha mantenido fiel al Señor. La casa de David, que es el sueño que todos tienen, se describe como una "cabaña ruinosa". Y es que, tras la destrucción de Jerusalén con su Templo, tras la deportación de los descendientes de David, toda esperanza parecía imposible. Pero justo cuando todo parece perdido, interviene la palabra profética para consolar: lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. La casa de David será reconstruida –anima Amós– y reinará sobre las naciones, y la tierra producirá tanto que no habrá discontinuidad entre la siembre y la cosecha. El vino nuevo y el fruto de las huertas anuncian los tiempos mesiánicos. Las palabras del profeta tienen un sentido de universalidad. Dios, a través de su pueblo de Israel, quiere extender a todos su misericordia y su salvación. Con la llegada de Jesús, también nosotros fuimos elegidos para llevar a cabo esta misión de salvación universal y somos llamados a vivir no para nosotros mismos, sino para el sueño de Dios: la salvación de la familia humana.


02/07/2016
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