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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Isaías 6,1-8

El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo. Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro par se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban, Y se gritaban el uno al otro:
"Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot:
llena está toda la tierra de su gloria.". Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y la Casa se llenó de humo. Y dije:
"¡Ay de mí, que estoy perdido,
pues soy un hombre de labios impuros,
y entre un pueblo de labios impuros habito:
que al rey Yahveh Sebaot han visto mis ojos!" Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, y tocó mi boca y dijo:
"He aquí que esto ha tocado tus labios:
se ha retirado tu culpa,
tu pecado está expiado." Y percibí la voz del Señor que decía:
"¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra"?

Dije: "Heme aquí: envíame."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La Liturgia de la Misa nos presenta durante algunos días la lectura de pasajes del libro de Isaías. Y empieza presentando la vocación del profeta que se narra a medias en la primera parte del libro, que incluye los primeros doce capítulos dedicados principalmente a la relación del profeta con la vida pública y con la figura del rey. Se ve claramente desde el inicio que el rey de Israel es el "rey Yahvé Sebaot" (v. 5). Dios acababa de dar muerte por lepra, la enfermedad impura por antonomasia, al rey Ozías por haber violado arrogantemente la santidad divina al permitir que el pueblo sacrificara y ofreciera incienso a otros dioses (cf. 2 R 15,5). Isaías, en contraposición a la actitud del rey, tiene una visión en la que se muestra la transcendencia y la absoluta majestad de Dios. Ante la altura de Dios –es "santo, santo, santo, Yahvé Sebaot"– el hombre reconoce su límite, su bajeza, admite que es de labios impuros. Solo Dios es el "Santo", es decir, el separado. Con todo, este Dios no se niega a entrar en la historia de los hombres. Llena el vacío que lo separa de los hombres enviando a su profeta. Isaías es consciente de su pequeñez y de su pecado. Pero el Señor lo llama, lo purifica, y pone en su boca las palabras que debe comunicar a su pueblo. Ante el llamamiento del Señor Isaías no se echa atrás. Conoce bien sus límites, pero también sabe que su fuerza es el Señor. La historia de Isaías es emblemática para todos los creyentes, también para nosotros, o más bien sobre todo para nosotros, que somos llamados a una nueva misión en el mundo de hoy. El papa Francisco nos invita a una nueva "conversión misionera". "¿A quién enviaré?", parece pedir Dios también hoy. Y nosotros debemos preguntarnos: ¿quién responderá a la pregunta de Dios que busca profetas de su palabra en un mundo que parece dominado por la resignación al mal? Todos nosotros, los creyentes, y también todos aquellos que quieran participar, deberíamos contestar, como Isaías: "Yo mismo: envíame". La pregunta de Dios y nuestra respuesta son la esperanza en un futuro de paz para este inicio de milenio. Ese es el sentido profundo del año de la misericordia


09/07/2016
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