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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Yaguine y Fodé, dos jóvenes de 15 y 14 años de Guinea que murieron de frío en 1999 en el tren de aterrizaje de un avión en el que se habían escondido para llegar a Europa, donde soñaban poder estudiar. Recuerdo del beato Ceferino Jiménez Malla, mártir gitano.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22

Palabra que fue dirigida a Jeremías de parte de Yahveh: Así dice Yahveh el Dios de Israel: Escríbete todas las palabras que te he hablado en un libro. Porque así dice Yahveh:
Irremediable es tu quebranto,
incurable tu herida. Estás desahuciado;
para una herida hay cura,
para ti no hay remedio. Todos tus amantes te olvidaron,
por tu salud no preguntaron.
Porque con herida de enemigo te herí,
castigo de hombre cruel,
(por tu gran culpa, porque son enormes tus pecados). ¿Por qué te quejas de tu quebranto?
Irremediable es tu sufrimiento;
por tu gran culpa, por ser enormes tus pecados
te he hecho esto. Así dice Yahveh:
He aquí que yo hago volver a los cautivos de las tiendas
de Jacob
y de sus mansiones me apiadaré;
será reedificada la ciudad sobre su montículo de
ruinas
y el alcázar tal como era será restablecido. Y saldrá de entre ellos loor
y voz de gente alegre;
los multiplicaré y no serán pocos,
los honraré y no serán menguados, sino que serán sus hijos como antes,
su comunidad ante mí estará en pie,
y yo visitaré a todos sus opresores. Será su soberano uno de ellos,
su jefe de entre ellos saldrá,
y le haré acercarse y él llegará hasta mí,
porque ¿quién es el que se jugaría la vida
por llegarse hasta mí? - oráculo de Yahveh -. Y vosotros seréis mi pueblo,
y yo seré vuestro Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con esta página empieza el «Libro de la consolación», que comprende los capítulos 30-31. Hasta este momento el profeta ha pronunciado varios oráculos que contenían anuncios de desastres, muertes y deportaciones. Todo ello no sucedía por casualidad, sino como consecuencia amarga de la rebelión del pueblo de Judá que había dejado de seguir la Palabra de Dios y no escuchaba al profeta que con convicción y continuidad la comunicaba. Pero el Señor, siempre misericordioso, se conmueve por su pueblo y anuncia un gran cambio. Conoce la aflicción y el dolor que el pueblo casi se ha buscado con su comportamiento distante de la Ley de Dios. Pero el Señor se conmueve una vez más. Llama al profeta y le dice: «Escribe en un libro todas las palabras que te he dirigido. Pues vienen días en que haré tornar a los cautivos de mi pueblo... y los haré volver a la tierra que di a sus padres en posesión». El Señor, una vez más, toma la iniciativa de la liberación. No soporta las «voces estremecedoras», «pánico, y no paz». Y decide intervenir para empezar el día de la liberación: «Acontecerá aquel día –oráculo del Señor– que romperé el yugo de sobre tu cerviz y tus coyundas arrancaré, y no te servirán más los extranjeros». Es el Señor, quien esta vez rompe el yugo y las coyundas. Y el pueblo puede mirar con esperanza real a su futuro. La tierra que había recibido volverá a ser suya. Se repite la experiencia del Éxodo: el pueblo saldrá del país en el que vivía como forastero y entrará en aquella tierra que es signo de la alianza de Dios. Pero ¿el pueblo sabrá leer esta nueva intervención de Dios? Lo sabrá hacer solo si dispone su oído al Señor que no deja de dirigirle su palabra. La salvación de los creyentes pasa siempre por una escucha renovada. El Señor no se queda lejos y mudo. Continúa hablando. Y también en esta ocasión dice: «Pero tú no temas, siervo mío Jacob oráculo del Señor, ni desmayes, Israel, pues mira que acudo a salvarte desde lejos, y a tu linaje del país de su cautiverio». Y eso puede suceder no por una exhortación fácil y simplemente optimista. La liberación se produce porque «contigo estoy yo para salvarte», afirma el Señor. Esta es la explicación última de lo que sucederá: el Señor viene como salvador, como Aquel que libera al pueblo de las tinieblas y de la soledad y lo vuelve a llevar al país que poseía. El mismo Señor cambia el signo de su «día» y hace que sea día de libertad y de bien. El terror se convierte en paz, y los gritos de horror dejan de oírse. Vendrá un Mesías de paz, y su día estará lleno de felicidad. En este oráculo se habla sucesivamente del pueblo herido y del pueblo curado. Primero parece que el mal que ha cometido Israel es tan grande que su herida es incurable, que no hay curación para el pueblo. Ya hace años que el mal lo aflige y los remedios son inútiles. La iniquidad de Israel es tan profunda y sus pecados son tan graves que superan toda medida. Sí, el pueblo ha decidido abandonar a su Dios buscando otros refugios que uno tras otro han resultado ser falaces: las divinidades de los demás pueblos se han convertido en ídolos en la medida en la que Israel los ha puesto en el lugar de Aquel que desde siempre era su salvador. Israel habría podido aceptar que cada pueblo rindiera homenaje a su dios ancestral, pero estos dioses no debían considerarse jamás al mismo nivel que el Señor del universo, Aquel que creó el cielo y la Tierra. Como leemos en el mismo libro de Jeremías: «Los profetas… en pos de los Inútiles andaban» (2,8). La herida es grave porque el pecado de Israel transgredió el primer mandamiento: "Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé" (Dt 6,4). Así las cosas, solo el Señor podía cambiar la historia y dar la curación a su pueblo, haciéndole volver de la deportación y promoviendo la reconstrucción de las ciudades y de sus casas. Solo el Señor podía tener compasión del pueblo y curar aquella herida que por su profundidad parecía incurable. La compasión del Señor fue la gran medicina que curó la gran herida de la traición: el Señor "ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo" (Lc 1,69). La profecía de Jeremías se cumple en Jesús, el Mesías-rey surgido del mismo pueblo, concretamente de la tribu de Judá y de la familia de David (v. 21). Los discípulos de Jesús son este pueblo que pertenece al Señor en virtud del pacto de amor: "Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios" (v. 22). La alianza con el Señor es la medicina que cura la herida de la soledad y la escucha continua de su Palabra es el bálsamo cotidiano que refuerza el camino.


02/08/2016
Memoria de la Madre del Señor


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