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Iglesia de San Egidio - Roma

Memoria de José de Arimatea, discípulo del Señor que “esperaba el reino de Dios”.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 27,57-61

Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de que se le entregase. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hoy la Iglesia recuerda a José de Arimatea, hombre pudiente, terrateniente, "miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios" (Mc 15,43). Los cuatro evangelistas lo recuerdan al término de la narración de la Pasión. Destacan que se había hecho discípulo de Jesús, pero a escondidas por miedo de los judíos. Pero llegó el momento de mostrarse públicamente. Y fue el momento de la muerte de Jesús, cuando todos los discípulos abandonaron a su Maestro. En aquella ocasión, cuando todo podía parecer haber ya terminado, José encuentra la valentía de ir a encontrar a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Podríamos preguntarnos por qué José encontró aquella valentía. El sol estaba ya en el ocaso y la noche estaba a punto de caer sobre Jerusalén. Con el sol se apagaba también la luz de la palabra de aquel maestro. Todo parecía haber acabado con aquella muerte tan vergonzosa. Pero entonces José de Arimatea encuentra la valentía para salir al descubierto: la indignación por aquella muerte lo impulsa a salir y a mostrar públicamente su amor por aquel Maestro. El mal, que hasta entonces había seguido su camino sin obstáculos, encontraba ahora a un hombre bueno que se oponía a su poder. Y la misericordia hizo frente a la huida, a la indiferencia y al abandono. Aquella muerte no había sido en vano. Un hombre bueno hacía frente al mal y mostraba misericordia. José encontró a Nicodemo, también discípulo de Jesús a escondidas, y juntos mostraron públicamente su amor por aquel Maestro (Jn 19, 38-40). El evangelista Marco destaca que Nicodemo "compró una sábana y lo descolgó de la cruz; lo envolvió luego en ella y lo puso en un sepulcro". Aquella tarde del viernes, mientras la noche parecía envolverlo todo, aquellos dos discípulos muestran una luz que vence el miedo y que manifiesta la fuerza del amor.


31/08/2016
Memoria de los santos y de los profetas


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