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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Wenceslao, venerado como mártir en Bohemia. Recuerdo de William Quijano, joven salvadoreño de la Comunidad de Sant'Egidio asesinado por las maras.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Job 9,1-12.14-16

Job tomó la palabra y dijo: Bien sé yo, en verdad, que es así:
¿cómo ante Dios puede ser justo un hombre? A quien pretenda litigar con él,
no le responderá ni una vez entre mil. Entre los más sabios, entre los más fuertes,
¿quién le hizo frente y salió bien librado? El traslada los montes sin que se den cuenta,
y los zarandea en su furor. El sacude la tierra de su sitio,
y se tambalean sus columnas. A su veto el sol no se levanta,
y pone un sello a las estrellas. El solo desplegó los Cielos,
y holló la espalda de la Mar. El hizo la Osa y Orión,
las Cabrillas y las Cámaras del Sur. Es autor de obras grandiosas, insondables,
de maravillas sin número. Si pasa junto a mí, yo no le veo,
si se desliza, no le advierto. Si en algo hace presa, ¿quién le estorbará?
¿quién le dirá: "¿Qué es lo que haces?" ¡Cuánto menos podré yo defenderme
y rebuscar razones frente a él! Aunque tuviera razón, no hallaría respuesta,
¡a mi juez tendría que suplicar! Y aunque le llame y me responda,
aún no creo que escuchará mi voz.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

¿Qué es el hombre ante Dios, el creador, aquel que sostiene el mundo y dispone según su sabio orden la creación? Job se siente casi aplastado por la omnipotencia de Dios: "Él ha hecho prodigios insondables, maravillas innumerables". Del mismo modo, es inescrutable en referencia a la justicia. El hombre no puede hacer nada: "Aun teniendo yo razón, su boca me condenaría, aun siendo inocente, me declararía culpable". Job no encuentra ayuda en las palabras de su amigo Bildad. Las palabras de este no convencen Job de su pecado ni lo ayudan en el difícil diálogo con el Señor. La grandeza de Job consiste en que no deja de hablar, de plantear sus preguntas al Señor, de buscar su presencia en la historia y en la creación. Sus palabras, evidentemente, parecen cerradas en un horizonte marcado por la desconfianza, y no dejan mucho espacio a la intervención de Dios. La oración de Job, durante casi todo el libro, parece un monólogo: Job habla pero Dios no contesta, parece estar lejos y mostrarse incomprensible. Los amigos, por otra parte, solo son capaces de reproponer una miope teología que no hace más que repetir cansinamente que el hombre sufre el mal por culpa de su pecado. Nada parece escapar a la férrea y fría ley de la retribución divina. Job responde a esta fría teología según la cual no sirve de nada ser inocente o culpable ante un Dios al que aparentemente no le preocupa el dolor del hombre: "Aunque me lavase con agua de nieve y limpiase con sosa mis manos, me restregarías en el lodo hasta que mi ropa me asqueara". Pero en las palabras finales de este discurso de Job se ve la particularidad de la relación que lo une a Dios: "No hay un árbitro entre nosotros que ponga su mano entre los dos". Job no considera a Dios como un árbitro, un juez que dicta una sentencia de inocencia o de culpabilidad, como querrían hacer sus amigos, sino como un colaborador, un aliado, un amigo al que se dirige. Y eso hace aún más profundo el drama de Job que no deja de hablar con su Señor: su fe es más grande que el dolor que sufre.


28/09/2016
Memoria de los santos y de los profetas


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