Homilía

Estamos ya en el umbral de la Semana Santa y el Evangelio de Juan pone en nuestros labios la misma pregunta que algunos griegos, presentes entre la multitud de los peregrinos que habían ido a Jerusalén para la Pascua, hicieron a Felipe y a Andrés: “Queremos ver a Jesús”. Es una petición que hacemos nuestra especialmente en estos días. Los días de la Pasión tienen una espiritualidad fundada en no perder de vista al Señor. En esta semana conviene que nuestros ojos se detengan cada día a leer una página evangélica, quizá del relato de la Pasión, para poder comprender el corazón, los pensamientos, los sentimientos y el amor de Jesús. Es un momento de gracia para cada uno de nosotros.

Cuando Felipe y Andrés relatan a Jesús la petición de los dos griegos, responde que ha llegado su “hora”. Aquella hora que no había “llegado” a Caná, que “estaba viniendo” en el encuentro con la samaritana en el pozo de Jacob, aquella “hora” para la que había venido a la tierra, estaba a punto de llegar. Es una hora totalmente distinta de la hora que esperamos nosotros, la del triunfo, la de la reconquista, la de la afirmación de uno mismo y de la victoria sobre los demás. Para Jesús es la hora de su pasión y muerte. Nunca había existido en él la hora del interés por sí mismo, si bien muchas veces había sentido la tentación de huir del peligro de la captura que cada vez veía más cerca, o la tentación de alejarse de Jerusalén como los mismos discípulos le habían exhortado a hacer en varias ocasiones. La hora, que ya había llegado, no era un momento fácil para Jesús. Era fuertemente dramática, hasta el punto que exclamó “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre”. Y decide quedarse y entrar en Jerusalén aunque le cuesta la muerte. Lo sabía bien. Varias veces lo había dicho, escandalizando incluso a sus más allegados. En el templo lo repite a todos los presentes en forma de parábola: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muerte, da mucho fruto”. No le había bastado venir a la tierra, quería dar su vida hasta el final.

En la Carta a los Hebreos hemos escuchado que Cristo “Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente”. Sin embargo –y éste es el gran misterio de la cruz- la obediencia al Evangelio y el amor por los hombres eran para Jesús más preciosos que su propia vida. No había venido a la tierra para “quedarse solo” sino para dar “mucho fruto”. Y el único camino para dar fruto, es decir para recoger a los que están dispersos, Jesús lo describe así: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna”. Son palabras que parecen incomprensibles, y en cierto modo lo son; no parecen habituales al sentir común y parecen indescifrables desde el punto de vista semántico. Todos queremos conservar nuestra vida, custodiarla, preservarla, evitarle fatigas; nadie está predispuesto a “odiarla”, como parece sugerir el texto evangélico. Basta pensar en el cuidado que mostramos por nuestro cuerpo más allá de la atención cotidiana por la salud.

El Evangelio habla otro lenguaje, podría parecer duro, pero si se mira con atención es profundamente realista. El sentido de los dos términos (amar y odiar) se ha de entender en la estela de la vida de Jesús, en su modo de comportarse y de amar, en su modo de comprometerse, de pensar y de preocuparse. Jesús vivió toda su vida amando a los hombres más que a sí mismo. La muerte en cruz es la hora en la que este amor se manifiesta en su plenitud. Sí, la cruz es la hora de la salvación, podríamos decir que es el momento culminante de la entera historia humana, el punto más elevado de amor que el hombre ha podido o pueda expresar. Quizás es esta hora de la que habla el profeta Jeremías cuando prevé que “días vienen en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza” (Jr 31,31). Son pocas palabras, pero representan una cumbre espiritual del Antiguo Testamento: el antiguo pacto del Sinaí es superado por la “nueva alianza” que el Señor establece con su pueblo. Jesús mismo evocará durante la última cena esta profecía de Jeremías cuando define la copa pascual como “el cáliz de la nueva alianza”.

Esta nueva alianza no se escribirá en tablas de piedra sino en el corazón de los hombres, y el primer corazón donde está escrita es en el de Jesús. Sobre la cruz, desgarrado por la lanza, su corazón derrama su sangre hasta la última gota. ¿Cómo permanecer distantes ante este amor? ¿Cómo resistirnos a una pasión tan alta que ha llevado a un hombre a dar toda su vida hasta la muerte en cruz? Por esto el Señor puede decir: “Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Es la gracia que pedimos estos días para cada uno de nosotros y para toda comunidad cristiana. Es la gracia que pedimos también para el mundo para que los hombres, mirando aquel rostro crucificado, se conmuevan y puedan descubrir que el amor es más fuerte que toda fuerza humana, que todo poder violento, que todo egocentrismo. De aquella cruz, de aquel corazón desgarrado, mana la fuente de la salvación para el mundo entero.