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preparado por
Silvia Marangoni

 

HISTORIA DE FILOMENA

A Filomena la conocimos en 1973: vivía en el popular y antiguo barrio de Trastevere, en el corazón de Roma, cerca de la iglesia de Sant'Egidio, donde la Comunidad empezaba a reunirse y a rezar. Buscando siempre una amistad original con la gente, Filomena, con cabellos largos recogidos en un pañuelo, se daba a conocer y se hacía querer con su simpatía inmediata. Se había quedado sola y sus días trascurrían en búsqueda de compañía, de alguien con quien hablar. Los "bajos" donde vivía eran demasiado angostos y vacíos para alguien tan comunicativo y vivaz, por lo que Filomena salía temprano de casa y paseaba por las calles de Trastevere donde todos la conocían.


Filomena - Roma - 1974

Cuando el monasterio de Sant'Egidio, cerrado desde hacía algunos años, abrió de nuevo sus puertas y se llenó de jóvenes de la Comunidad, Filomena se acercó llena de curiosidad. Encontró una cálida y amigable acogida. Adquirió la costumbre de pasar todos los días para saludarnos. Ha sido una de las primeras ancianas que hemos conocido.

Filomena era un poco distraída, a menudo no encontraba sus cosas: en particular perdía la libreta de su pensión que escondía meticulosamente, ya que de ella dependía su existencia y su independencia. Así pues, venía a menudo a Sant'Egidio nerviosa, pidiendo ayuda para encontrar su cartilla. Además de nosotros, los comerciantes, los vecinos, representaban una red significativa de protección para esta vieja simpática y un poco distraída, que a pesar de las crecientes dificultades unidas a la edad todavía podía continuar llevando una existencia normal. 

La vitalidad de Filomena era realmente exuberante: explicaba multitud de anécdotas sobre el barrio y sus viejos habitantes, conocía un repertorio extenso de canciones y de "estribillos romanescos" que cantaba con voz todavía potente. Conversar con ella era agradable y Filomena siempre conseguía conquistar un poco de tiempo a su interlocutor.

Un día Filomena dejó de llamar a Sant'Egidio, no fue posible encontrarla en casa. La habían ingresado en un hospital para enfermos crónicos, después de que algunos sobrinos, que no vivían en Roma, considerasen que ésa era la solución más segura para ella, ya que "había perdido la cabeza ". Cuando la localizamos, encontramos delante de nosotros a otra persona. No hablaba, no nos reconocía, lloraba, se quejaba. Le habían cortado el pelo, su melena espesa de la que estaba orgullosa. Sentía vergüenza por ello y se cubría el rostro para borrar la humillación. En pocos días se dejó morir sin que consiguiésemos que volviese a su vida de siempre.

Entonces entendimos el mal que puede provocar el alejamiento del propio ambiente y el ingreso en una institución, sobretodo si no se ha escogido libremente.