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Intervención del Profesor Andrea Riccardi de la Comunidad de Sant’Egidio
Quisiera partir de la experiencia de la Comunidad de Sant’Egidio, nacida en Roma en 1968 y presente en setenta países, de los que veinticinco son africanos. Vivir el Evangelio nos ha llevado con una palabra de vida cerca de muchos, pero especialmente de quien es más pobre, como decía Juan XXIII. La experiencia de quien se pone a seguir a Jesús, por tanto la nuestra, es encontrarse en una Comunidad: son los discípulos que siguen a Jesús después de que les ha encontrado. Es la primera comunidad que se reúne en Jerusalén hasta nuestras Comunidades. Para Sant’Egidio esta Comunidad, por pequeña que sea, se reúne en oración. Esto tiene lugar en todas las partes del mundo: desde la hermosa basílica de Santa María en Trastevere de Roma, hasta la pequeña sede de La Habana en Cuba o la de Malawi en África.
Una Comunidad de hermanos y hermanas, laicos, que se encuentra en oración. Significa que ya no se ésta sólo, que se tiene a Dios como Padre, que ya no se vive para uno mismo. El hombre y la mujer ya no están solos. Solos no nos salvamos. Es la experiencia de los cristianos: la liberación de la soledad y del abandono es el corazón de esta vida, que empieza a expresarse con un léxico familiar, hasta el punto de que se habla de adopción, filiación, fraternidad y paternidad. La vida cristiana y la experiencia espiritual están hechas de términos extraídos de la vida familiar. No es casualidad, sino que expresa el estrecho parentesco entre vida de familia e Iglesia. Jesús considera a sus discípulos como su familia: Juan usa la expresión “los suyos” (hoy idioi), los que tienen un lazo especial con él. El Maestro los llama hermanos. El gran Biblista, padre Jacques Dupont, escribió: “los creyentes formarán y están llamados a construir una comunidad que será para ellos una nueva familia”.
En la experiencia cristiana, la Palabra de Dios se realiza ante el primer hombre, creado a su imagen: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gen 2, 18). Estaba vivo, pero le faltaba algo vital: una compañera y una compañía. La soledad no es buena. En su dramatismo, el libro del Eclesiastés grita: “Más valen dos que uno solo, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo. Si uno cae, lo levantará su compañero; pero ¡ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante” (Qo 4, 9-10). La soledad es una enfermedad antigua del hombre. La soledad es la gran enfermedad de nuestro mundo: tanto del rico como del pobre.
La soledad vuelve impotentes para hacer el bien y hace el mal más doloroso. En nuestra historia hemos encontrado muchos rostros marcados por el dolor de la soledad. Es difícil vivir la edad anciana solos. No se consigue. En esta Europa bastante anciana vemos cómo los viejos ya no son percibidos como los bendecidos por una larga vida. ¿Cómo vivir sin familia y solos cuando se es viejo? Quiero decir aquí que el compromiso de familiaridad y solidaridad de los ancianos es uno de los campos de amor y de acción de la Comunidad de Sant’Egidio: si no tienen familia y están solos, ¿no deberíamos de alguna manera ser nosotros su familia? ¿no debemos reconstruir su familia? La soledad es, en una amplia parte, estar sin familia.
Es difícil vivir sin familia cuando se es niño. Cito un caso extremo encontrado en África: los niños hijos de madres que mueren de Sida. Aunque los niños estén sanos, gracias al tratamiento de la madre embarazada, si ésta muere, están condenados a la muerte. Solos no se vive, sino que se muere. Es difícil para una mujer, sola, aceptar la responsabilidad de un embarazo y de un niño que hay que hacer crecer: aquí nacen muchas historias dolorosas de aborto.
Esto está escrito en la profundidad del ser humano: ¡solos no se vive sino que se muere! En su meditación sobre la relación entre el hombre y la mujer a la luz del Evangelio, Pablo hace una afirmación importante también desde un punto de vista antropológico. En efecto, los cristianos son también portadores de una profunda experiencia de humanidad. Pablo dice en la primera carta a los Corintios: “ni la mujer sin el varón, ni el varón sin la mujer, en el Señor. Porque si la mujer procede del varón, el varón, a su vez, nace mediante la mujer, y todo proviene de Dios” (1 Cor 11, 11). El hombre no es nada si está solo: todo se juega en la interdependencia. No hay uno sin el otro. La vida es interdependencia: sin esta dependencia no se existe y no hay libertad.
Sin embargo, mucha de la historia occidental ha sido concebida como liberación de todo tipo de lazos: los lazos con los demás, por tanto la familia, o la responsabilidad con el otro. Es verdad que los vínculos han oprimido también al sujeto. Pero el vértigo de la soledad mata al sujeto y le hace precipitar en el vacío. Le hace infecundo desde todos los puntos de vista. Nosotros lo creemos, no porque seamos conservadores o defendamos la familia. Es nuestra experiencia de humanidad. Somos Comunidades de cristianos –lo digo por Sant’Egidio- porque solos no nos salvamos.
El vértigo de la soledad ha sido presentado como liberación por un mundo antiguo de servidumbres y de tristes dependencias. De este modo los lazos afectivos, amigables y sexuales se enmarcan y son vividos en el horizonte de la soledad. Es la experiencia de nuestro mundo rico occidental. Nuestra sociedad se presenta cada vez más como individuos solos. Pero quien es pobre sabe que la soledad es una pobreza añadida. También el rico en los momentos de debilidad descubre que la soledad es una pobreza. Pero es demasiado tarde. Así, en el mundo rico, la familia se disgrega.
La familia se disgrega también porque se deja sola. No puede estar sola, no puede enfermarse de soledad. La sociedad descarga muchas responsabilidades sobre la familia, pero la deja sola, es más, la vuelve más frágil. Cuando hay un enfermo, un discapacitado, alguien con problemas psíquicos, ¿quién se ocupa sino la familia? La Comunidad ha descubierto que no es bueno que la familia esté sola. La Iglesia debe ser cada vez más familia de las familias. La familia necesita vivir y ser sostenida en un contexto comunitario. Esta es una gran tarea de la Iglesia y de toda Comunidad eclesial: ser una madre y una compañera de las familias.
En efecto, entre Comunidad cristiana y familia hay un movimiento de dar y tener. La Iglesia debe ser cada vez más como una familia. En los rincones de África o de América Latina, una parte de nuestras Iglesias ha perdido la fascinación y la atracción porque no ha sabido ser familia sino institución. Tendremos Iglesias sentimentales, moralistas, laxistas... pero no familias. La Iglesia debe ser como la familia. Debemos vivir la Iglesia como familia: es el sentido de ser Comunidad. De hecho, la fe vive en la Iglesia de forma familiar. Hay una connaturalidad entre la dimensión familiar y la transmisión de la fe. Es esa connaturalidad que se vive en la familia, que se observa en una comunidad que comunica la fe y tiene dimensiones familiares.
La pérdida de la familia, el empobrecimiento de la dimensión familiar de la vida (de la que la familia es expresión), representan una regresión de lo humano y de la calidad humana de nuestras sociedades. Todos la pagamos. La pagan los más débiles. Los hombres y las mujeres tienen necesidad de familia: estar sin familia es una soledad y una pobreza más. Sant’Egidio ha conocido miles de dramas de sin familia. Son los portadores de minusvalías, discapacitados que viven sin poder tener un hermano o una madre, sin nadie cuya relación con ellos se caracterice por la gratuidad. Son los ancianos. En esta cultura sin familia, sin la gratuidad de un afecto, madura la lógica de la eutanasia. Pero el espíritu de la eutanasia ya se respira cuando los ancianos son expulsados de sus casas, cuando producen repulsión, cuando son escondidos ante la vista de todos. Hay un contexto psicológico en el que nace la cultura de la muerte.
La familia es el santuario de la vida en todas sus manifestaciones, las más hermosas y vitales, y las más difíciles, porque todo se une en el vínculo de la gratuidad. Aquí la vida vale no por lo que produce. Es necesario que seamos más capaces de expresar la belleza de toda vida. Sin embargo, sobre la vida se ha desarrollado una cultura de posesión. La práctica de la amniocentesis (aunque es prácticamente inútil por debajo de los 30 años) se ha convertido en una expresión de la posesión de la vida del que va a nacer. El 89% de las mujeres europeas prefiere recurrir al aborto si la amniocentesis revela que el feto tiene el síndrome Down. Comunicar la fe significa afirmar que toda vida es bella y santa.
En África, ante una familia y una sociedad para la que el niño vale poco (hasta el punto de que puede ser registrado en el censo con retraso), la Comunidad se empeña por afirmar el valor del niño, como prevención al abandono o a la utilización y a la desaparición de los menores. Hay una cultura prepotentemente adulta que no ama a los niños, porque son diferentes, porque están necesitados de amor, porque viven en el mundo de la gratuidad.
En diferentes países africanos vemos sin embargo la crisis de la gran familia africana tradicional. El hombre y la mujer africanos están solos ante un futuro oscuro. La familia no es un moralismo cristiano u occidental que hay que imponer a las culturas africanas. En el hombre africano hay un modo de vivir familiar inscrito en su tradición, no individualista: estar juntos con los demás, formar parte de una comunidad familiar, trabajar por los demás... este sentido familiar ha sido demasiado humillado. Este sentido familiar puede ser salvado por la familia basada sobre el matrimonio cristiano y sobre la opción del amor: se convierte en un modelo de libertad y de solidaridad, en una sociedad donde pesan los intereses de la gran familia del clan y donde se manifiestan nuevas soledades, especialmente con la urbanización.
Por esto, en nuestra Comunidad es importante la educación al amor. Benedicto XVI ha escrito muy bien: “Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor. ... el amor nunca se da por «concluído» y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo”. Esto se refiere a todos, pero especialmente a los cónyuges. Por esto no hay que dejarles solos sino hacer madurar el amor en las diferentes estaciones de la vida. El amor no es imposible: hacia el esposo, hacia los niños, hacia los ancianos. Pero “el amor se aprende” como ha escrito Benedicto XVI. De este modo, nuestras Comunidades y nuestras familias deben ser escuelas de fe y de amor. Así ayudarán a la humanidad.
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