Comunità di S.Egidio


 

17/09/2007


Degradación en plena Gran Vía
La Gran Vía madrileña se pudre. De día, es uno de los principales ejes comerciales de la ciudad, frecuentado por multitud de turistas; cuando empieza a anochecer se va transformando hasta quedar poblada por prostitutas, travestis, mendigos, vendedores de comida, delincuentes, gente que trapichea con drogas... Y eso, sin llegar a acceder a otras vías aledañas donde la situación es todavía peor

 

En 1937, los corresponsales de prensa extranjeros que se hospedaban en el desaparecido hotel Florida de la plaza de Callao lo pasaban realmente mal cada vez que tenían que atravesar los poco más de 100 metros que separaban su alojamiento del número 28 de Gran Vía, donde se encontraba el edificio de Telefónica, desde donde enviaban sus crónicas sobre la Guerra Civil.

Ambos inmuebles se encontraban en la línea de fuego de la artillería, y la sensación de peligro que sentían los periodistas Jay Allen, Henry Buckley o Ernest Hemingway cada vez que pisaban la calle fue narrada una y otra vez en sus propios reportajes.

Setenta años después, el hotel Florida ya no existe y a priori, los turistas no tienen por qué temer que un obús les caiga sobre la cabeza al salir del Metro Gran Vía. Pero si cualquier peatón quiere hacer el mismo recorrido que los míticos corresponsales y elige para ello la noche, puede asegurar que no se irá a la cama sin algún que otro sobre-salto: alguien que le invite a ir a un bar de striptease, que le mande besos volados o que simplemente le pida dinero con malas formas.

«La gente estaba harta de salir de las salas de cine a las 0.00 horas de la noche y encontrarse con gente trapicheando a su lado, o ir a coger un taxi y encontrarse con un tipo exigiendo dinero. Por eso pre

En esta zona, el lugar de más caché es la esquina de una conocida franquicia de comida rápida que da a Gran Vía. Allí se encuentran meretrices famosas, como esa conocida como La tres cabezas por el generoso tamaño de sus senos.

A su lado suele haber uno o varios coches policiales, pero por la noche ellas se sienten lo suficientemente sueltas como para llegar a coquetear con ellos.

El grueso de la Gran Vía suele pertenecer a las prostitutas africanas. Desde la plaza de España hasta la fuente de Cibeles, su presencia se palpa en cada esquina y en cada portón lo suficientemente grande como para que quepan las cajas de cartón en las que se suelen sentar cuando están cansadas, si bien la mayor concentración se encuentra entre las paradas de Metro de Callao y Gran Vía, dado que muchas de las calles perpendiculares llevan a diversas zonas de ocio, a bares de moda y a residencias de mala muerte con una cama barata para prestar sus servicios.

Dado que son las que se colocan en los lugares más visibles, también suelen ser las que más exabruptos se llevan. Han escuchados infinitas veces frases del estilo «Largaos. ¿O no veis que estáis convirtiendo en un puticlub uno de los lugares más importantes de Madrid?» Pero ellas hacen caso omiso y siguen a lo suyo. Y no porque desconozcan el idioma. Casi todas saben cómo asaltar a cada transeúnte masculi fieren quedarse en su casa viendo un DVD o irse a otros cines», explica uno de los quiosqueros de la Gran Vía, testigo directo de «la actual degradación de una zona que debería ser el orgullo madrileño».

Prostitución

Conforme las luces de neón empiezan a iluminar el crepuscular cielo capitalino, la calle se transmuta, adquiere otra vida sin decrecer en su apabullante ritmo. Todos los días de la semana, llueva o truene, se transforma en el centro neurálgico de las personas que no duermen, de los que salen o regresan de una noche de fiesta.

«Cuando llevan la sangre rellenita de alcohol, los futuros clientes son más fáciles de convencer, por eso hay tantas como nosotras por aquí», dice con una gran sonrisa Vicky, un travesti escultural que tiene como base de operaciones los alrededores de Gran Vía. Para ella, el trabajo comienza a las 21.00 horas y se extiende hasta el alba. Y si le preguntan si cree que la Gran Vía está degradada, no duda en responder rápidamente: «Si no hubiera clientes, si no hiciéramos negocio, ninguna de nosotras estaría aquí, así que a otros con las culpas», dice mientras una de sus compañeras asiente a su lado con cara de convencimiento.

En la zona donde Vicky se coloca, en Gran Vía esquina con la calle de Valverde, casi todas las personas que venden sus servicios sexuales a cambio de dinero son travestis y transexuales. Lo mismo pasa en la adyacente calle del Desengaño, donde también se suele encontrar alguna que otra chica española por la noche.

Pero la mayoría de mujeres españolas se decantan por estar con las suramericanas en los alrededores de la llamada plaza de La Luna por el día, y si desean trabajar por la noche, se van con las chicas del Este a la calle de Montera.

En esta zona, el lugar de más caché es la esquina de una conocida franquicia de comida rápida que da a Gran Vía. Allí se encuentran meretrices famosas, como esa conocida como La tres cabezas por el generoso tamaño de sus senos.

A su lado suele haber uno o varios coches policiales, pero por la noche ellas se sienten lo suficientemente sueltas como para llegar a coquetear con ellos.

El grueso de la Gran Vía suele pertenecer a las prostitutas africanas. Desde la plaza de España hasta la fuente de Cibeles, su presencia se palpa en cada esquina y en cada portón lo suficientemente grande como para que quepan las cajas de cartón en las que se suelen sentar cuando están cansadas, si bien la mayor concentración se encuentra entre las paradas de Metro de Callao y Gran Vía, dado que muchas de las calles perpendiculares llevan a diversas zonas de ocio, a bares de moda y a residencias de mala muerte con una cama barata para prestar sus servicios.

Dado que son las que se colocan en los lugares más visibles, también suelen ser las que más exabruptos se llevan. Han escuchados infinitas veces frases del estilo «Largaos. ¿O no veis que estáis convirtiendo en un puticlub uno de los lugares más importantes de Madrid?» Pero ellas hacen caso omiso y siguen a lo suyo. Y no porque desconozcan el idioma. Casi todas saben cómo asaltar a cada transeúnte masculino que ande solo o muy borracho en varios idiomas.

Esta táctica suelen ponerla en funcionamiento a partir de la 1.00 de la madrugada, momento en el cual incluso se lanzan a besar y a tocar a cada hombre que se para junto a ellas, aunque sea para atarse los cordones del zapato.

Venta ambulante

A esas horas, la prostitutas comparten las esquinas con los vendedores de comida y bebidas de nacionalidad china. Los bocadillos, los tallarines y el arroz a dos euros siguen siendo sus productos estrella, junto con la cerveza y los refrescos más o menos fríos.

Los fines de semana, su presencia se multiplica, y todos parecen conocerse. Por eso cuando uno avisa de la presencia policial, desaparecen al estilo samurai pero sin necesidad de lanzar bombas de humo.

Antes, la mayoría solía esconder las provisiones en los contenedo res de obras o debajo de los coches. Ahora se decantan por los portales donde tienen algún piso alquilado.

Otro gremio especializado en alterar los paseos de los transeúntes son los repartidores de propagan das de night clubs, bares de top less y similares. Más de una discusión han provocado a algunos hombres que, a la salida del cine con su pareja, ven como prácticamente le ponen encima un flyer con una mujer desnuda, con la consecuente mirada de consternación de su compañera. Su lugar de acción preferido lo constituye la Gran Vía en su cruce con las calles Silva, Valverde y San Bernardo.

Pero si algo llega a impactar a los visitantes foráneos, al público de los musicales, a los clientes de los restaurantes y a los propios comerciantes de la zona es la presencia de mendigos, indigentes y delincuentes con el disfraz de necesitados.

Sin techo

Los hay de todo tipo y condición. Algunos sólo acuden a la zona a dormirse con el continuo runrún del tráfico. Otros eligen las aceras de Gran Vía porque el eterno trasiego de gente les otorga seguridad. Los demás, optan por la zona porque así están más cerca de los comedores sociales y al haber más gente, simplemente hay más dinero.

Los niños que gozan de bula progenitora para estar en la calle más tarde que Cenicienta, suelen mirar con estupor a ese señor de color que con un vaso de plástico y los ojos desorbitados, pide con sonidos guturales algo de dinero. Siempre se sienta en el suelo, cerca de algún cajero automático o una terraza de verano.

La forma convulsa con la que se toca el cuello como si no tuviera ya fuerzas para decir si lo que tiene es hambre o sed llega a impactar tanto que rara es la vez que no consigue reunir cerca de una decena de euros en apenas media hora.

Entonces, se levanta, desaparece de Gran Vía y acaba en alguno de los bares adyacentes, donde es conocido por tomarse a velocidad de vértigo varios chupitos de tequila. Acabado el dinero reunido, vuelve a mendigar, cambiando, eso sí, de zona.

Muchas veces, coincide cerca de una mujer oronda, procedente de Cuba, que no suele separarse de la esquina que une Gran Vía con la calle de Miguel Moya. Tiene los pies negros porque siempre va descalza. Duerme sobre un cartón, acompañada de una radio de Todo a Cien y no duda en ponerse a hablar sola a cualquier hora del día.

Grita, llora y sonríe sin dirigirse a nadie en concreto, y su misantropía es la misma para quien le mira con malos ojos que para quien se acerca a ver si necesita ayuda.

Sólo hace una excepción: cuando quienes se le acercan con gesto amable son Puri y Antonio, dos voluntarios de la Comunidad de Sant’Egidio, un movimiento laico de la iglesia católica que lleva funcionando en España desde hace 20 años.

Todo esto, sin tener que intrincarse en las calles adyacentes, algunas de ellas aún más deterioradas. Todo esto, en la que es considerada como una de las principales arterias de la capital.

Luigi Benedicto Borges