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"Vuestra misión es descubrir un hermano en cada hombre": La homilía del card. G. Ravasi en la celebración del aniversario de la Comunidad de Sant'Egidio en Roma


 
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Liturgia con motivo del 43 aniversario
de la Comunidad de Sant'Egidio

Roma, Basílica de San Pablo Extramuros

3 de febrero de 2011
 

________________________________

 

Homilía del Cardenal Gianfranco Ravasi
(Transcripción de www.santegidio.org)

Hb 12, 18-19.21-24
Mc 6, 7-13

 

A esta reflexión nuestra alrededor de la Palabra de Dios, quisiera añadir la escena que esta extraordinaria homilía de la Iglesia de los orígenes, que es la carta a los Hebreos, nos ofrece esta tarde en la Liturgia de la Palabra.

 

En un cierto sentido, yo quisiera casi aplicar la escena a esta asamblea.

 

En efecto, este autor declara: vosotros no os habéis acercado a un monte tenebroso, fuente de miedo, vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, y habéis constituido idealmente la reunión festiva y la asamblea de los primogénitos.

 

Yo partiría precisamente de esta imagen; entre otras cosas, en el griego original de esta carta, asamblea es la palabra εκκλησια. Aquí tenemos una reunión festiva, tenemos también una εκκλησια, una Iglesia local que se reúne y dentro de esta asamblea festiva hay muchos rostros.

 

Rostros diferentes que yo en este momento no puedo evocar, son múltiples, solamente quisiera mencionar algunos, partiendo precisamente de todos mis hermanos cardenales y obispos tan numerosos que están aquí conmigo. En especial entre ellos quisiera que emergiera, como es obvio para todos vosotros, el rostro que todos vosotros conocéis que es el de monseñor Vincenzo Paglia; quisiera que entre estos rostros también emergiera el del amigo mío y vuestro Andrea Riccardi, el del presidente actual de esta Comunidad, Impagliazzo, y después todos los demás rostros, y por último quisiera también poner el mío.

 

Porque la reflexión que ahora hacemos juntos, como la celebración, es una reunión festiva, es una asamblea que tiene en el centro, como habéis escuchado, a Jesús, mediador de la nueva alianza, Jesús de cuyo costado dice este autor desciende el río de su sangre purificadora, mucho más elocuente que el de todos los mártires de la historia empezando por Abel.

 

Él habló durante largo tiempo según el Evangelio de Juan, y sus palabras, como dicen sugestivamente los exégetas, eran palabras que se movían a oleadas, un poco como le sucede a las olas del mar, a la resaca sobre la costa, donde los movimientos de las olas son continuos, continuamente diferentes a pesar de ocupar siempre el mismo espacio, repitiendo siempre el mismo sonido, el mismo movimiento.

 

Yo hablaré con vosotros con la misma espontaneidad y, a partir de la Palabra de Dios que hemos escuchado, sobre todo a partir de este Evangelio de la liturgia ferial, tomado del Evangelio de Marcos, yo quisiera hacer emerger con vosotros, con sencillez, cuatro imágenes, cuatro símbolos que discurren delante de nosotros.

 

 

 

 

El primero es indiscutible en las palabras mismas de Cristo, es más, resulta todavía más incisivo si nos remontamos al texto griego original: “les ordenó que no tomaran para el viaje nada más que un simple bastón.”

 

Esta palabra, viaje, en griego es οδός, es decir, la calle, el camino, y vosotros veis que sobre esta vía se encaminan los discípulos de Jesús, no cargados de bultos, avanzan ligeros, también porque todo lo que tienen lo deponen progresivamente por este camino; aunque hubieran partido con dos túnicas después se quedan con una sola, porque se la entregan a quien no tiene túnica.

 

Yo quisiera decir que precisamente aquí hay un elemento que vosotros, amigos de Sant’Egidio, lográis comprender, comprender en profundidad. Vosotros muchas veces os habéis encaminado, en todos los países, esos 73 países del mundo en los que estáis, os habéis encaminado por caminos que eran muchas veces caminos nocturnos. Sobre ellos se extendía el sudario de la noche, de la tiniebla, no sólo de la cronológica sino también de la tiniebla del espíritu. Habéis encontrado y seguís encontrando -y nosotros como discípulos deberemos seguir encontrando- estas personas que tantas veces en la noche deambulan como si fueran espectros.

 

Pensad un poco en lo que sucede también en una metrópoli como la nuestra, dentro de pocas horas, quizá alrededor de la estación de Termini, o en los barrios periféricos, frecuentemente degradados, también exteriormente: se mueve un mundo, misterioso en cierto sentido, muy similar a una multitud de catacumba. Un mundo que lleva en sí todas sus tragedias, todas sus miserias, todas sus infelicidades, toda su hambre y su sed.

 

He aquí el discípulo, que se despoja ininterrumpidamente de las cosas, que no tiene las manos cerradas siempre para defender algo -como desgraciadamente muchas veces hacemos nosotros en la sociedad contemporánea- para defender nuestras cosas, los objetos, el dinero, por lo que nosotros no podemos nunca extender la mano para levantar a otro que se ha caído. La calle, por tanto, οδός, es la primera imagen.

 

La segunda imagen la habéis escuchado también en las palabras de Cristo: “quedaos en la casa donde entréis hasta que os vayáis de aquel sitio.”

 

Este es el otro símbolo. En griego existe la οικία: la casa familiar; esas cuatro paredes tantas veces conquistadas con fatiga, esas cuatro paredes tantas veces incluso muy modestas, que ciertamente no tienen la suntuosidad de los grandes palacios. Pues bien, en el mundo estas cuatro paredes son también paredes de barro, paredes frágiles, paredes míseras, pero sobre todo está la llama que hay dentro, el hogar. Está la historia de las personas en la casa.

 

Pensemos en lo que significa, por dar un ejemplo que vosotros seguramente conocéis mejor que yo, lo que se produce dentro de la οικία, de la casa.

 

Pensemos ahora en esto: en una casa vecinal como las que están aquí alrededor, de nuestra ciudad o de otra ciudad cualquiera, en este momento quizá hay una persona delante de un teléfono que está esperando que suene el teléfono o el timbre de casa, porque si suena significa que alguien se acuerda todavía de ella. Sin embargo, permanecerá mudo, mudo también durante toda la noche y durante el día siguiente.

Quizá es un anciano -¡cuánto hacéis por los ancianos!- quizá es una persona sola, enferma, una persona extranjera que no tiene a nadie y ese teléfono que nos molesta para ella significaría el signo de una presencia.

 

Pensemos en todos aquellos que están solos. Lo decía un poeta nuestro italiano, muy amargo, que representaba a un viejo dentro de su casa, un domingo, delante de una pared, solo, decía él, con sus errores, con sus razones: solo, hablando con los muertos, sin tener a ningún otro.

 

Pues bien, dentro de la casa yo quisiera introducir lo que vosotros hacéis, lo que Sant’Egidio hace, como emblema: dado que el elemento fundamental de la familia es la mesa, también Cristo quiso que su asamblea tuviese la mesa en el centro, como haremos nosotros dentro de poco, una mesa con mantel, lo que vosotros hacéis cuando preparáis esa comida de Navidad, lo hacéis buscando la manera de que esta gente que ya no tiene el calor de una casa, que quizá ya no la tiene ni siquiera materialmente porque se mueve por el οδός, por las calles, encuentre en ese momento la fiesta, el calor y el color del estar juntos.

 

Tercera imagen, tercer símbolo, está al comienzo y al final del pasaje que hemos escuchado, y es la voz. Jesús llamó y les ordenó: una voz solemne, casi autoritaria, una voz que incide en las conciencias, una voz que también inquieta, una voz que trastorna, después hay que moverse, una voz que agarra la distracción, una voz tantas veces muy distinta, debemos reconocerlo, de la nuestra, predicadores que no tenemos la fuerza de esa palabra, una palabra que casi idealmente –y esta es una frase de la tradición rabínica- hacía saltar chispas incluso de las piedras.

 

Y después tenemos otra voz: vuestra voz, nuestra voz. Al final, ellos, los discípulos que habían partido, proclamaron. En griego tenemos el típico verbo del anuncio κηρύσσω, anunciar, proclamar con voz fuerte. ¿Proclamar qué? La conversión, proclamar el Reino de Dios.

 

He aquí otra dimensión de vuestro compromiso: vosotros, todos nosotros debemos, no solamente ofrecer la caridad del alimento, la caridad del vestido, la caridad de las cosas que tratan de confortar al hombre humillado en la miseria; nosotros debemos ofrecer también la caridad de la palabra, una palabra que consuele, una palabra también que inquiete, que corrija: ¡convertíos! Una palabra que sepa entrar dentro de las conciencias y que cree ese halo, ese eco que todas las veces que Cristo hablaba conseguía crear.

 

Hay una pequeña escena en el capítulo 7 de Juan, cuando los sumos sacerdotes invitan a sus guardias, a su policía, a ir a arrestar a Jesús. Y esta gente sencilla va a prender a Jesús y vuelven donde los sacerdotes solo que sin nadie, sus manos están vacías. Entonces los sacerdotes dicen: ¿Por qué no lo habéis traído?, y su respuesta debería ser una especie de llamamiento, también a nosotros, para limitar un poco nuestro ser maestros. La respuesta es: Jamás ha hablado nadie como ese hombre, y ¡no se puede arrestar la palabra!

 

La última imagen que quisiera proponeros está precisamente al final: los discípulos, siguiendo la orden de Jesús, echaron muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

 

 

Como veis, la última imagen es la de las manos, esas manos que son fundamentales; mirad, son manos que tocan, no manos que genéricamente se presentan para un abrazo. No, tocan las carnes enfermas, tocan también, como veis, a los demonios, es decir, tratan también de penetrar dentro de la oscuridad, de la maraña de las conciencias, de deshacer también la oscuridad que está dentro de todos, de todos los hombres y las mujeres.

 

Ungían con aceite, acariciaban pero también tocaban y curaban. Éste es vuestro compromiso que vuelve de nuevo por otro camino. Pensamos en todos los proyectos que están en curso con la Comunidad de Sant’Egidio. Pensamos, sólo por poner un ejemplo, yo quisiera decir idealmente, asociándonos siempre a la figura de Cristo que es nuestro modelo: Cristo tocaba a quien no debía tocar según la ley del Levítico, los leprosos.

 

La lepra era considerada por completo la enfermedad más contagiosa y sobre todo la que atestiguaba un pecado gravísimo, casi un demonio dentro. Pues bien, si queremos hacer una comparación, pensemos en el tema del Sida, y en Dream, vuestro proyecto de terapia: ¡también los enfermos de Sida deben ser tocados! Como Cristo fue al encuentro del leproso, lo tocó y le dijo: “¡quiero, cúrate!”

 

Con mucha sencillez yo he hecho pasar delante de vosotros cuatro imágenes: la calle, οδός, la casa, οικία, la palabra, la voz, la mano. Son algunos de los componentes de vuestro compromiso, componentes que nunca deberán desfallecer.

 

Al final se producirá lo que yo deseo y que es un poco la conclusión de esta reflexión mía: el encuentro, el encuentro pleno en la diversidad de los rostros y de las personas.

 

Y este encuentro pleno, se produce por ejemplo en las grandes celebraciones que hacéis por el diálogo interreligioso, pero yo lo quisiera representar ahora, precisamente en la sencillez de este discurso, con una pequeña parábola final de la tradición oriental.

 

Un hombre está por el camino, por una pista en el desierto, desde lejos ve que se mueve una figura oscura que parece un animal. Por tanto, su corazón está lleno de miedo: en el desierto una fiera no se puede evitar. Él prosigue a lo largo de ese camino, es la única posibilidad en el desierto, prosigue a lo largo de la pista; avanza y más adelante consigue intuir que aquella fisionomía no es la de un animal sino la de un hombre. ¿Ha desaparecido quizá el miedo? El hombre puede ser un malhechor, un bandido en el desierto, puede ser una persona oscura, peligrosa. ¿Qué debes hacer? Debes avanzar, inexorablemente. Nosotros tenemos las calles que se cruzan en el mundo. Entonces avanza, ya casi sin mirar, al final siente que los pasos del otro están a poca distancia de él. Él levanta la mirada y le mira a la cara, finalmente, y esta parábola dice: He aquí que era mi hermano al que no veía desde hacía muchos años.

 

Yo pienso que vuestra misión, la misión de todos los cristianos, de los discípulos de Cristo, es la de hacer descubrir en todo rostro el rostro de un hermano, y siguiendo las palabras de Mateo, dentro de esos rasgos ver, sobre todo cuando el hermano es el más pequeño, el más mísero, ver el rostro de ese otro hermano supremo de la humanidad que es Cristo Señor.

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