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10 Septiembre 2012 09:30 | Sarajevo National Theatre

El amor por los pobres, camino para el ecumenismo



Marco Gnavi


Comunidad de Sant’Egidio, Italia

El 8 de diciembre de 1965, Pablo VI, como conclusión del gran Concilio Vaticano II, se dirigía a los pobres y los sufrientes con las siguientes palabras: “Todos los que sentís con mayor dureza el peso de la cruz… vosotros, de los que nadie habla; vosotros, los desconocidos del dolor; no os desaniméis: sois los preferidos del reino de Dios, y con él, si lo queréis, ¡vosotros salvaréis al mundo!  Esa es la ciencia cristiana del sufrimiento, la única que da la paz”.
En la búsqueda de la unidad de los cristianos que en este campo encontró sólidos cimientos, no fue ajena la percepción de los dolores de la humanidad, y el rostro mismo de los pobres con su fuerza evocadora.
En el incipt de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et Spes, se lee:  “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”.

¿Acaso no es también nuestro sentimiento común aquí en Sarajevo, donde nuestra esperanza por los más heridos de la vida, para serlo, debe ser poderosa y más fuerte que la muerte, luminosa como la resurrección? Aquellos buscan en nosotros, ortodoxis, católicos o evangélicos, ante todo la raíz común en Cristo, que recibimos en el bautismo. Incluso antes de nuestras pertenencias confesionales quieren descubrir nuestra semejanza a Él, que los ha puesto en el centro de su existencia. Por eso, el amor que debemos a los más pobres no es un corolario accesorio de nuestra búsqueda de comunión: la encontramos en la sabia de la vid, de la que nosotros somos sarmientos. Su Beatitud Hyeronimos, arzobispo ortodoxo de Atenas, declaró el pasado 2 de septiembre: "El otro no es ‘nuestro infierno’, al contrario de lo que afirmaba Jean Paul Sartre. El otro es el rostro del hermano más pequeño, es el lugar del encuentro con Cristo. Por eso el trabjo (con los pobres) es teología… Es la “liturgia que continúa” y que se manifiesta de este modo en el rostro del hombre, reflejo del rostro de Dios”.


No obstante, la afirmación “los pobres son aquellos de los que nadie habla. Son los desconocidos del dolor” realizada en 1965 sigue siendo actual hoy: los pobres son realmente “profetas no escuchados”. En su carne está escrita la urgencia de la humanización de nuestro mundo. Su miseria es muchas veces consecuencia de la división, a la que la Iglesia de Cristo, sacramento de la unidad de la familia humana, se opone. Su presencia, acentuada por la crisis planetaria, nos recuerda el eschaton, la necesidad última de salvación. Y revela la verdad que mas tememos: yo, nosotros, somos mendigos de gracia, de misericordia, de comunión, exactamente como el mendigo a las puertas de nuestras iglesias. La misteriosa y escandalosa desigualdad de la que todos somos portadores (esperanza de vida, oportunidad concedida a mí y no a otros, salud…) no es para el cristiano un dato sociológico aséptico. Es un misterio que no hay que apagar y cuya única respuesta creíble es el amor kenótico, gratuito, que llega a la entrega total de uno mismo. Y los mártires de la caridad de todas las confesiones inquietan a nuestra tibiez.


La evangélica multiplicación de los panes a orillas del mar de Galilea, desafío también en nuestros días al sentimiento de impotencia de los cristianos, así como del mundo secularizado: las palabras de Jesús “dadles vosotros de comer”, son un imperativo a convertirnos en instrumentos de la humilde fuerza cristiana. Pienso en la Iglesia ortodoxa por las calles de Atenas, en estos meses difíciles de apuros; en el obispo Gabriel y en la asociación Apostolí, con la que la Comunidad de Sant’Egidio colabora actualmente, consciente, como afirma Su Beatitud Hyeronimos, que la crisis en Europa no es solo financiera, sino que tiene raíces espirituales.
A 50 años del inicio del Concilio Vaticano II, sentimos viva la afirmación contenida en el Proemio de la Gaudium et Spes: “es deber permanente de la Iglesia escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio… Hay que conocer y comprender el mundo en el que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y su carácter a menudo dramático”.
Hoy, mucho más que décadas atrás, podemos leer juntos los signos de los tiempos y captar las corrientes profundas de la historia. Lo hemos hecho con intensidad y alegría junto a Su Santidad Kiril, con una atención especial por este nuestro continente. Esta gran Iglesia se ha reapropiado, tras el 1989, del espacio de la caridad, que le había quitado el comunismo soviéticoj, que no solo la había perseguido hasta el martirio, sino que intentó imponer un divorcio entre liturgia y amor por los pobres.


Pienso en la feliz e intensa relación con Vladika Pantaleimon, presidente del Departamento de Caridad y en los próximos proyectos que haremos en común. Hemos recibido, los unos de los otros, sabiduría espiritual (pienso en el metropolita Filaret) investigando la fuerza del martirio y de la caridad. Recientemente hemos afrontado en un congreso el tema de la vejez, dejando que hablara la riqueza de la liturgia en sus distintas tradiciones, la Escritura, la tradición monástica de Oriente y de Occidente. Hemos recordado a grandes viejos del Espíritu, demostrando a través de Juan Pablo II, el patriarca Ticho, el patriarca Atenágoras o sor Emmanuel, los recursos y la incidencia en la historia que estos testigos “ancianos” han dejado. Es la vida paradójica de los cristianos. Grandes iglesias, con tradiciones seculares, han pasado crisis históricas, y han conservado el tesoro de la fe y han fecundado su tiempo.
La debilidad, según el axioma paulino, se convierte en fuerza en Cristo.
Y la debilidad misma puede hacer que estemos más cerca. Pienso en la iglesia luterana de Suecia, y en su primado, el arzobispo y amigo Kvarme. Esta iglesia contrarrestó la terrible predicación homicida del odio, que en Oslo segó muchas víctimas inocentes el pasado julio, con la predicación del amor y la fuerza de los jóvenes. Nos emocionó profundamente la decisión del mismo arzobispo, junto a numerosos pastores, de ir en peregrinación a Roma, para dar raíces profundas al amor por los pobres, junto a la Comunidad de Sant’Egidio. Así, los pobres, preferidos del reino de Dios, urgen a las iglesias y a los cristianos a hablar con verdad de la muerte y resurrección del Señor, reconociéndole juntos, entre sus hermanos más pequeños.
Me parece leer así una sinergia y una sintonía entre gestos y signos que llevan a cabo sus pastores.  Benedicto dirigiéndose a los pobres del comedor romano de Sant’Egidio, con los que compartió el almuerzo de Navidad del 27 de diciembre de 2009, decía: “Aquí hoy se hace realidad lo que pasa en casa: el que sirve y ayuda se confunde con el que es ayudado y servido, y el primer lugar lo ocupa aquel que más necesidad tiene.  Con las palabras de san Juan Crisóstomo querría recordar: “Piensa que te conviertes en sacerdote de Cristo dando con tu propia mano no carne sino pan, no sangre sino un vaso de agua” (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 42,3). San Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma, cuando los magistrados romanos de aquel tiempo le pidieron que mostrara, que diera los tesoros de la Iglesia, mostró a los pobres como el verdadero tesoro de la Iglesia”.


Igualmente, su Santidad Kiril, en plena Semana Santa quiso hacer llegar un regalo personal a los sin techo de Moscú, junto con una carta firmada por él. En ella reivindicaba para ellos la pertenencia al corazón de la Iglesia ortodoxa, que debían sentir como su casa, porque Cristo conoce su necesidad de amor y de vida. Nos parece entender nova et vetera, cosas antiguas y nuevas, que surgen de raíces antiguas.
Ioann de Kronstadt exhortaba: “Acoge con rostro amable y sonriente a quien viene a ti, sea quien sea, aunque sea un mendigo, sobre todo si viene por un motivo de fe; humíllate ante quien sea, sabiendo que estás por debajo de todos, pues Cristo te ha elegido para ser el siervo de todos”.   Y Gregorio de Nissa dice en el mismo sentido: “No despreciéis a los pobres. Preguntaos quiénes son y descubriréis su grandeza: ellos tienen el rostro de nuestro Salvador […]. Los pobres son los administradores de nuestra esperanza… Compadecerse y compartir son cosas agradables a Dios. Divinizan a aquel que las practica […], lo convierten en la imagen del Ser primero, eterno, que sobrepasa toda inteligencia”.  Esta es la ciencia cristiana del sufrimiento, la única que da la paz.
Los anawim, los pobres, son a menudo portadores de esta ciencia cristiana. Para concluir, querría dar voz a una de estos. Sellama Hiresyo, y hoy tiene 23 años. Tiene una grave discapacidad, pero vive una aventura de amor, de fe y de cultura extraordinarias, junto al movimiento de los Amigos. No puede hablar, pero con una técnica particular (comunicación aumentativa), tecleó en el ordenador:


Yo podría concebir el mundo en horizontes inmensos pero sin paz el horizonte es oscuro..

Yo podría estar sana pero sin amor estaría enferma en el alma.

Los límites los he podido superar porque soy amada y me han ofrecido oportunidades inimaginables.

Los límites los pone el que no intenta amar.

Mensaje del Papa para el Encuentro de Sarajevo
Benedicto XVI

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