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18 Noviembre 2012 | BUENOS AIRES, ARGENTINA

Liturgia Eucarística en recuerdo de quien ha muerto por las calles de Buenos Aires

Homilía de S.E.R. Mons. Emil Paul Tscherrig

Liturgia Eucarística en recuerdo de quien, ha muerto por las calles de nuestra ciudad.  
 
versión para imprimir

11 de noviembre de 2012 

Parroquia de Nuestra Señora del Carmen Centro

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Queridos hermanos en Cristo,


        Les traigo a todos un cordial saludo del Santo Padre, que desea expresarles su cercanía espiritual con la humilde presencia de su enviado. Es para mí un gran placer poder celebrar esta Eucaristía dominical con ustedes, en el día en el cual también se conmemora a San Martín de Tours, quien es un ejemplo excelente de fe y de caridad cristianas. Permanece famoso el episodio representado en tantas obras de arte, donde corta en dos con la espada su capa para cubrir a un pobre desnudo. Su gesto de caridad inspira hasta ahora a muchos cristianos, y expresa muy bien la espiritualidad y la actividad caritativa y de reconciliación de San Egidio.

        De caridad también hablan las lecturas de esta tarde. La primera del Libro de los Reyes (17, 8-16), narra el encuentro del Profeta Elías con la pobre viuda de Sarepta. Elías está hambriento y tiene sed, y encontrando a la viuda a la entrada de la ciudad le pide de beber y de comer. Pero la mujer se ha quedado prácticamente sin harina, y le responde que entiende preparar un último pan para ella y su hijo antes de morir. En esta precaria situación, el hombre de Dios apela a la confianza en Dios de la viuda y le pide que no tenga miedo. La fe en Dios también debe hacerla generosa para con el Profeta, porque será el Señor quien proveerá lo necesario. Y Elías promete que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la superficie del suelo”. Y la viuda ofrece al Profeta todo lo que tiene.

        En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús está ante el tesoro del Templo de Jerusalén, donde los fieles ofrecen sus dones y limosnas. Evidentemente hay ricos y pobres que pasan, pero su mirada se dirige hacia una pobre viuda que contribuye con pequeñas monedas de cobre. Y ésta es la ocasión para llamar a sus discípulos y hacer una importante observación: Es verdad, afirma que los ricos han dado mucho en comparación con la limosna de la viuda, pero esta última ha dado todo lo que tenía, mientras los otros sólo han dado “de lo que les sobraba”. En conclusión, el don de la viuda ha sido más grande, porque ella ha dado todo lo que tenía para vivir.

        Estos dos textos de la Sagrada Escritura nos enseñan dos cosas muy importantes para nuestra vida. La primera pone el acento sobre la necesidad de tener confianza. Como sabemos la confianza forma parte de la experiencia de la fe. La fe nos indica que Dios es amor y que Él, que da su belleza a las flores del campo y el alimento a los pájaros, se ocupará también de nosotros. Él es un padre para nosotros, y nos invita continuamente a no tener miedo, sino a confiar nuestra vida, nuestras necesidades y nuestro futuro en sus manos fuertes y seguras. Como un hijo no duda en dejarse caer en los brazos abiertos del padre, también nosotros tenemos que saber que si debemos caer, siempre nos esperan los brazos abiertos del Padre. Él siempre está a nuestro lado, conoce lo íntimo de nuestros corazones y de nuestros sueños y alguna vez de manera misteriosa, nos guía y nos sostiene sobre todo en los momentos difíciles de la vida.

        Las dos viudas de los textos sagrados, en su indigencia, ciertamente han hecho esta experiencia de fe y han alcanzado un nivel de confianza que les ha permitido dar todo lo que poseían, sin miedo por el mañana. Por lo tanto, con su don se han dado a sí mismas, su vida y su futuro, en la esperanza que Dios mismo proveerá a todo lo necesario.

        Apenas hemos comenzado la celebración del Año de la Fe. Anunciando este tiempo de gracia para todos los fieles, el Santo Padre nos ha invitado a crecer en la fe practicándola. Pero la práctica de la fe requiere el coraje de abandonarnos “en un crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimente siempre como más grande porque tiene su origen en Dios” (Porta Fidei, 7). Ese coraje falta a muchos de nuestros hermanos en este momento difícil de nuestra historia. Siempre son más las personas que se sienten abandonadas, desorientadas, aisladas, solas y sin esperanza porque están, como escribe San Pablo a los Cristianos de Éfeso, sin Dios en el mundo (cf. Ef. 2, 12). Volver a dar a nuestros contemporáneos la confianza en la vida a través del anuncio del mensaje de Cristo, y sobre todo con el ejemplo de nuestra vida, debe ser parte integrante de nuestra misión en el mundo de hoy.

        La segunda cosa que nos enseñan los textos de esta tarde es la generosidad. Si nuestra vida está enraizada en la fe en Dios Padre y animada por una profunda confianza en Él, nos hacemos libres para imitar al Señor también en su generosidad. No debemos tener miedo jamás de perder si damos, pero podemos dar todo lo que poseemos con la convicción que Dios, en su Hijo que está a la diestra del Padre, nos concederá todo lo que le pedimos y de lo que tenemos necesidad. Por esto, es particular la generosidad hacia los otros que nos hace imagen de Dios, quien en su generosidad hace brillar el sol, sin hacer distinciones, sobre los justos y los injustos. Darnos nosotros mismos  a los otros en las obras de caridad, en el servicio, en el matrimonio, en la familia y en la sociedad por amor de Dios y del prójimo significa practicar la fe. Es por esta fe que María pronunció su “fiat” a la visita del Angel, que los Apóstoles dejaron todo para seguir a Jesús, que los mártires sacrificaron la propia vida como testimonio de la verdad del evangelio. Inspirados por esta misma fe, hombres y mujeres consagraron su vida a Cristo, y hombres y mujeres de todas las edades y culturas, cuyos nombres están escritos en el Libro de la Vida, en el curso de los siglos profesaron la belleza del seguimiento de Cristo en sus familias, en sus profesiones y en la vida pública. Y el Santo Padre comenta en la Carta Apostólica con la que anuncia el Año de la Fe que “También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia” (PF, 13).

    Y es Jesús, quien es la imagen perfecta de la fe y de la generosidad de Dios. Con plena confianza en la palabra del Padre fue inmolado en la cruz para borrar los pecados de los hombres. Murió con la fe en que el Padre no lo abandonaría y el Padre respondió al Hijo resucitándolo de la muerte. Ahora, Él ha entrado en el Santuario celeste “para presentarse delante de Dios a favor nuestro” y se ha hecho nuestra esperanza porque sabemos que volverá, no más en relación al pecado, “sino para salvar a los que lo esperan” (He. 9, 28). En Cristo, Dios se ha revelado definitivamente como amor y misericordia para quien toda vida humana tiene un valor inestimable porque cada uno de nosotros ha sido llamado a la vida con el propio nombre y para una misión irrepetible.

        Como miembros de la Iglesia, formamos una gran familia de fe, en la cual vivos y muertos formamos un solo cuerpo en Cristo. Esta fe la profesamos en el credo y la vivimos de manera particular e intensa en la celebración de la Eucaristía. En ella Cristo se ofrece a nosotros en el pan y en el vino y se hace para nosotros alimento de vida eterna y puente de comunión íntima entre nosotros y entre los vivos y los muertos. Por lo tanto, si hoy recordamos de manera especial a todos aquellos que murieron en el camino, hagámoslo con la convicción de que nosotros, vivos o muertos, siempre estamos en el Señor.

        Hermanos, iniciamos entonces este Año de la Fe, con la confianza de la presencia de Cristo en medio de nosotros. Implorémosle que nos mande su Espíritu para una profunda renovación en la fe, a fin de que todos los hombres puedan recibir la gracia de la conversión y del perdón de los pecados y heredar la vida eterna. Recemos además para que el mismo Espíritu del Señor renueve la fe de nosotros, cristianos, en el amor misericordioso de Dios, y que este amor nos transforme en hombres y mujeres generosos para con todos, sobre todo para con aquellos que tienen necesidad de nuestra ayuda y de nuestro consuelo. Amén.
 


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