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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 21,34-36

«Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio que hemos escuchado cierra el discurso escatológico según la versión de Lucas y termina también el año litúrgico. Desde que llegó a Jerusalén, Jesús enseñaba cada día en el templo y al atardecer se retiraba al huerto de los olivos para orar. Ahora exhorta a los discípulos y les dice: "estad en vela, orando en todo tiempo". Y no lo dice solo con palabras sino con su propia vida. Sabe que ante los momentos decisivos y también difíciles hay que estar en vela y preparado. Hay que vivir cada día como si fuera el último. Se podría decir que cada día es el último, en el sentido de que es único y que no hay ninguno otro similar, y cuando ha pasado ya no vuelve. Cada día, por lo tanto, nos exige atención y vigilancia porque el Señor está delante de nosotros y llama a la puerta de nuestro corazón, como nos recuerda el Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). El evangelista Lucas presenta la oración como la actitud por excelencia del discípulo que vela para acoger al Señor que llama a la puerta de nuestro corazón. La oración no solo aleja el mal y da la fuerza para combatirlo, sino que, sobre todo, nos libra de centrarnos en nosotros mismos y nos ayuda a levantar la mirada hacia el Señor que llega. Y Jesús exhorta a orar siempre, sin cansarse. Para nosotros, pobres hombres y pobres mujeres limitados, orar sin parar significa orar cada día. Sí, en la oración de cada día está aquella fidelidad que el Evangelio pide y que orienta y reorienta sin parar al discípulo hacia Dios. Cada día debemos mantenernos "en pie delante del Hijo del hombre", escuchar la Palabra que nos dejó, y con él invocar al Padre que está en el cielo para gozar desde ahora mismo el encuentro definitivo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La liturgia de la Iglesia, mientras nos hace entrar en el nuevo año litúrgico, tras habernos permitido contemplar el "fin" de la historia, nos recuerda a cada uno de nosotros que la centralidad y la perseverancia en la oración son la garantía para el encuentro definitivo entre nosotros y el Señor.


29/11/2014
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