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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Isaías 7,10-14

Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo: Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios
en lo profundo del seol o en lo más alto. Dijo Ajaz: "No la pediré, no tentaré a Yahveh." Dijo Isaías:
"Oíd, pues, casa de David:
¿Os parece poco cansar a los hombres,
que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo
va a daros una señal:
He aquí que una doncella está encinta
y va a dar a luz un hijo,
y le pondrá por nombre Emmanuel.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Estamos a las puertas de la Navidad y la liturgia nos propone este pasaje tomado del profeta Isaías. Nos encontramos aproximadamente en el año 735 a. C. cuando Ajaz, joven rey de Jerusalén, débil, con una conducta mundana, siente tambalear su trono por la presencia de los ejércitos enemigos que apremian en los confines del reino de Judá. Se pregunta qué hacer, pero sin mucha convicción. Y quiere resolver el problema de la salvación del reino a través de alianzas con el vecino reino de Asiria. El profeta Isaías interviene y le propone confíarse plenamente a Dios que no abandona nunca a su pueblo. Le exhorta con insistencia a pedir una señal visible. Pero el rey responde: “No la pediré, no tentaré al Señor”. En realidad, Ajaz no es un rey timorato que no ose tentar a Dios. Es más bien un hombre que ya no confía en el Señor, que ya no cree que el Señor, Dios de los Padres, pueda intervenir y liberar al pueblo del enemigo que está asediando Jerusalén y reduciendo el pueblo al hambre. Más bien cree que su proyecto es el que vencerá. Es la consecuencia lógica de quien deja crecer en el corazón su ambición, su orgullo, sus miras personales. La fe es echada atrás y se refuerza su propio convencimiento. Sin embargo, por ese camino no solo se daña a sí mismo sino también a los demás. He aquí por lo que el profeta -enviado por Dios para indicar Sus caminos- eleva su voz en ese momento y denuncia la hipocresía del rey y de una presunta religiosidad que se apoya sobre él mismo más que en el Señor. Y añade que, a pesar del rechazo del rey, Dios mismo dará una señal a su pueblo: “He aquí que una doncella está en cinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre en Emmanuel”. La tradición espiritual cristiana ha leído desde siempre estas palabras refiriéndose a Jesús. Él es verdaderamente el Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. El evangelio de Lucas que la liturgia nos hace leer en este día ilumina a plena luz la profecía antigua y muestra la fidelidad de Dios a su pueblo. A través del anuncio del ángel, María se convierte en la primera de los creyentes, la cuna de ese Hijo enviado por el Padre para salvar a los que creerán en él y a través de ellos todos los pueblos de la tierra. Acercándonos a la celebración de la Navidad, demos gracias al Señor por formar parte de este misterio de amor que gratuitamente se nos ha dado.


20/12/2014
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