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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Miqueas 7,14-15.18-20

Apacienta tu pueblo con tu cayado,
el rebaño de tu heredad,
que mora solitario en la selva,
en medio de un campo feraz
Que pazcan en Basán y Galaad
como en los días de antaño. Como en los días de tu salida del país de Egipto,
hazme ver prodigios. ¿Qué Dios hay como tú, que quite la culpa
y pase por alto el delito del Resto de tu heredad?
No mantendrá su cólera por siempre
pues se complace en el amor; volverá a compadecerse de nosotros,
pisoteará nuestras culpas.
¡Tú arrojarás al fondo del mar
todos nuestros pecados! Otorga fidelidad a Jacob
amor a Abraham,
como juraste a nuestros padres,
desde los días de antaño.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El pasaje de Miqueas que hemos escuchado está extraído de una verdadera liturgia de la esperanza, en la cual se teje un diálogo singular entre Dios e Israel. Al comienzo el profeta suplica al Señor que intervenga en favor de su pueblo y repita los prodigios del Éxodo: "Como cuando saliste del país de Egipto, haznos ver prodigios" (v. 15). Trata de recordarle las razones por las que está obligado a intervenir, aunque hay un motivo de fondo: su misericordia. Y Miqueas compone un himno muy breve pero intenso a la misericordia: "¿Qué Dios hay como tú, que perdone el pecado y absuelva al resto de su heredad? No mantendrá para siempre su cólera pues ama la misericordia" (v. 18). Después, como dirigiéndose al pueblo, el profeta desarrolla una pequeña meditación encaminada a suscitar la esperanza: "Volverá a compadecerse de nosotros " (v. 19) –asegura. Presenta en dos imágenes muy elocuentes el ejercicio de la misericordia por parte de Dios: "Destruirá nuestras culpas" y "Arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados" (v. 19). El Señor hará naufragar nuestra iniquidad y nuestros pecados. ¿Cómo no conmoverse –podríamos concluir- ante un amor tan grande, y no dejarnos amar por un Dios tan dispuesto no solo a olvidar sino a destruir nuestros pecados? Dios perdona los pecados de Israel porque se ha comprometido con los "antepasados, desde los días de antaño". Por ello demostrará de nuevo su fidelidad y su benevolencia. Y todo ello aparecerá en su plenitud cuando envíe al Hijo a la tierra, para que cargue directamente sobre sus espaldas todo el peso de los pecados, y con su pasión sobre la cruz los destruya definitivamente. El rostro de Jesús es el rostro de la misericordia que salva.


07/03/2015
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