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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Fiesta de María del Monte Carmelo.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Miqueas 2,1-5

¡Ay de aquellos que meditan iniquidad,
que traman maldad en sus lechos
y al despuntar la mañana lo ejecutan,
porque está en poder de sus manos! Codician campos y los roban,
casas, y las usurpan;
hacen violencia al hombre y a su casa,
al individuo y a su heredad. Por eso, así dice Yahveh:
He aquí que yo medito,
contra esta ralea, una hora de infortunio
de la que no podréis sustraer vuestro cuello.
¡No andaréis con altivez,
porque será un tiempo de desgracia! Aquel día se proferirá sobre vosotros una sátira,
se plañirá una lamentación y se dirá:
"¡Estamos despojados del todo;
la porción de mi pueblo se ha medido a cordel,
y no hay quien restituya;
a nuestros saqueadores les tocan nuestros campos!" Por eso no habrá para vosotros nadie
que tire el cordel sobre un lote
en la asamblea de Yahveh.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Las palabras del profeta constituyen la primera parte de un díptico dirigido a los poderosos que aplican de manera arbitraria y violenta su poder. El cuadro inicial que describe la actuación de los poderosos demuestra la fuerza de la trama del mal en la vida de los hombres. Miqueas vive en Jerusalén, ciudad no tan distinta de la Samaría que describió Amós. No presenta solo una acusación por arbitrariedad y abuso sino que revela con agudeza la perversión que se apodera de quienes se convierten en esclavos del poder que ejercen. El ansia de tener y mostrar poder los domina. Incluso traman el mal por la noche. Todo su tiempo está dominado por el espíritu del maligno. El profeta nos advierte para que no nos dejemos engañar por el afán de poseer, porque todo terminará y se perderá. También en nuestro mundo el amor por el dinero continúa creando desigualdad e injusticia y deja a los pobres fuera de las puertas, como le pasó al pobre Lázaro. El mundo nunca ha sido tan rico en bienes como hoy, y sin embargo, nunca los pobres han sido tan numerosos como en nuestro tiempo. Es una injusticia insoportable para Dios. El grito de los pobres llega hasta el corazón de Dios y lo conmueve. La Palabra profética viene a denunciar el escándalo de esta disparidad. Empieza con un "ay", una expresión que suena a amenaza y a lamento por quien lleva a cabo el mal, para que lo pueda reconocer antes de que sea tarde, pues el mal se volverá contra los violentos: los que traman maldades día y noche creen que quedarán impunes. Pero la injusticia que oprime a los hombres es una ofensa a Dios, que es Padre de todos. La comunidad de los creyentes debe acercarse a los pobres para que sientan la misericordia y la compasión de Dios, pues son los predilectos del Señor, que los defiende.


16/07/2016
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