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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Tercera Juan 1,5-8

Querido, te portas fielmente en tu conducta para con los hermanos, y eso que son forasteros. Ellos han dado testimonio de tu amor en presencia de la Iglesia. Harás bien en proveerles para su viaje de manera digna de Dios. Pues por el Nombre salieron sin recibir nada de los gentiles. Por eso debemos acoger a tales personas, para ser colaboradores en la obra de la Verdad.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La tercera Epístola parece más bien una hoja epistolar como la que Pablo escribió a Filemón. El autor (el "presbítero") empieza saludando a Gayo, al que ama "según la verdad", repitiendo así la fórmula típicamente juánica utilizada ya en la segunda Epístola. Y le augura un buen resultado "en todo" y que su "salud física sean tan buena como la espiritual" (v. 2). El recto comportamiento no consiste en nada más que continuar viviendo "en la verdad" (v. 3). Vuelve el tema de la "verdad", entendida no como un complejo abstracto de afirmaciones que hay que creer sino como el misterio mismo de Dios que se ha manifestado en la historia, es decir, Jesucristo muerto y resucitado que continúa viviendo en su Iglesia. Permanecer en este misterio constituye el motivo de la alegría del "presbítero": "No siento alegría mayor que oír que mis hijos caminan en la verdad" (v. 4). Es la alegría del pastor que ve a su comunidad caminar por los caminos del Evangelio. Esta alegría podríamos compararla con la que tuvo Jesús cuando recibió a los discípulos que volvían de su primera misión. Este mismo júbilo está asociado al recibimiento que las comunidades cristianas dispensaban a los primeros misioneros del Evangelio. Estamos al inicio de la predicación evangélica y es significativo que el autor de la Epístola subraye dicho recibimiento a los misioneros. De ese modo se manifiesta claramente la fraternidad cristiana que supera las distinciones entre forasteros y conocidos, como se ve claramente en las palabras mismas de Jesús. El Evangelio convierte en hermanos incluso a los que están lejos y son extranjeros. Y esta nueva condición compromete a los cristianos a recibir y acoger como hermanos a aquellos que, dejando su casa, se ponen en camino para comunicar el Evangelio, allí donde les envíe el Señor. El atento recibimiento a los demás discípulos no es simplemente una buena obra: significa participar en la misión misma de la Iglesia, como se ve en la epístola: "Por eso debemos acoger a tales personas, para hacernos colaboradores en la obra de la Verdad" (v. 8). Acoger nos hace partícipes del designio mismo de Dios que envió a su Hijo para salvar al mundo. La ayuda proporcionada de algún modo a los que comunican el Evangelio nos hace cooperadores del mismo ministerio. Así se manifiesta también la universalidad de la Iglesia, que acoge a los extranjeros como hermanos.


12/11/2016
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