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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de San Francisco Javier, jesuita del siglo XVI, misionero en India y Japón.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 146 (147),1-6

1 Alabad al Señor, que es bueno cantar,
  a nuestro Dios, que es dulce la alabanza.

2 El Señor reconstruye Jerusalén,
  congrega a los deportados de Israel;

3 sana los corazones quebrantados,
  venda sus heridas.

4 Cuenta el número de las estrellas,
  llama a cada una por su nombre;

5 grande y poderoso es nuestro Señor,
  su sabiduría no tiene medida.

6 El Señor sostiene a los humildes,
  abate por tierra a los impíos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia retoma la primera de las tres partes en que está dividido el salmo 146. El salmista, que presupone una situación de dificultad superada por la intervención de Dios, exhorta al pueblo a cantar sus alabanzas. En efecto, es el Señor quien construye la ciudad de Jerusalén para que el pueblo pueda habitarla. Dios es como un arquitecto que edifica para su pueblo un lugar donde pueda vivir en seguridad y en paz. De aquí también el nombre de Jerusalén, ciudad de la paz. Y aparece claro que el Señor no salva individualmente a los hombres sino reuniendo a los dispersos en un único pueblo: “congrega a los deportados de Israel”. La salvación consiste en ser miembros de un único pueblo. Es el hilo rojo que une toda la tradición bíblica, desde la primera a la última página. El Apocalipsis, que cierra la revelación de Dios, termina con la descripción de la Jerusalén del cielo. Siguiendo estos pasos la Lumen Gentium escribe: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (n. 9). En un mundo globalizado, como el de este inicio de milenio, donde el individualismo parece crecer y los conflictos aumentar, el salmista invita a participar en el sueño de Dios: reunir a los dispersos y hacer de todos un único pueblo. El Señor, experto arquitecto, prepara la ciudad donde habitar. En ella reúne a los dispersos y se hace cargo de los más débiles: “sana los corazones quebrantados, venda sus heridas”. Claro, si miramos la situación en la que se encuentran nuestras ciudades, asistimos más a conflictos que a pacificaciones, más a abandonos que acogida, a más puertas cerradas que solidaridad. Y es así que parecen prevalecer los diseños de los arrogantes que triunfan sobre los débiles. Pero el salmista asegura: “El Señor sostiene a los humildes, abate por tierra a los impíos”. La fe bíblica empuja al pueblo de los creyentes a confiar en el Señor y obedecer a su palabra. Él es el defensor de los pobres y de los débiles ante quien quiere oprimir y humillar. Y el Señor jamás abandona a su pueblo. El salmista, que lo ha presentado como el arquitecto de la convivencia pacífica de su pueblo, lo muestra también como el dominador del cielo: “Cuenta el número de las estrellas, llama a cada una por su nombre”. La imagen evoca al Señor, creador del cielo y de la tierra, que llama por su nombre a todas las estrellas del firmamento, como si fuera un ejército celestial, y las manda desfilar en defensa de su pueblo y especialmente de los pobres. Es una confianza sólida en el Señor la que el salmista nos transmite y que fortalece al pueblo humilde que el Señor ha reunido.


03/12/2016
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