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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 79 (80), 2-3.15-19

2 Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como un rebaño;
tú que estás sentado entre querubes, resplandece
3 ante Efraím, Benjamín y Manasés;
¡despierta tu poderío,
y ven en nuestro auxilio!
15 ¡Oh Dios Sebaot, vuélvete ya,
desde los cielos mira y ve,
visita a esta viña,
16 cuídala,
a ella, la que plantó tu diestra!
17 ¡Los que fuego le prendieron, cual basura,
a la amenaza de tu faz perezcan!
18 Esté tu mano sobre el hombre de tu diestra,
sobre el hijo de Adán que para ti fortaleciste.
19 Ya no volveremos a apartarnos de ti;
nos darás vida y tu nombre invocaremos."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 79 –del que la liturgia nos hace cantar sólo algunos versículos- expresa la oración de un pueblo desanimado al que le cuesta levantarse de su triste situación. Sólo Dios puede volver a ponerlo en camino. Tres veces, como un estribillo, el salmista repite en nombre de todos: “¡Haz que nos recuperemos, Dios Sebaot, ilumina tu rostro y nos salvaremos!”. Esta es una invocación que vuelve tres veces (vv. 4, 8 y 20). La situación histórica que el salmista vive es la de un desastre militar nacional. El pueblo de Dios está en una situación que conduce fácilmente a la resignación. El salmista invoca a Dios como el “pastor” de Israel y le pide la luz de su rostro. Es una oración que sale también de nuestro mundo de hoy marcado por conflictos de los que parece imposible liberarse. Y la tentación es la resignación o bien creer que sólo la fuerza de las armas pueda traer beneficios. En verdad, lo que falta es la luz, o, si se quiere, la visión de un mundo donde todos puedan vivir en la dignidad y en la paz. Y esto es verdad para todos, y en especial para aquellos pueblos que son oprimidos y olvidados. Todos necesitan una luz nueva: los pueblos ricos para que tengan una nueva visión, los pueblos pobres para que se encienda una luz de esperanza. El salmista compara Israel con una viña, un tiempo vigorosa, cuidada y protegida por el Señor, admirada por cuantos la veían. Vienen a la mente las palabras de Isaías que se sirve de la alegoría de la viña para describir la historia de Israel. Y, una vez más, se advierte por un lado el cuidado de Dios por su pueblo, y por otro una obstinada esterilidad, a la vez que no faltan predadores y mercenarios dispuestos a extraer sólo beneficios personales. El salmista sabe que la causa de la ruina es la lejanía de Dios, por esto lo primero que hace es rezar para que el Señor vuelva a mirar como un buen pastor su viña: “¡Oh Dios Sebaot, vuélvete, desde los cielos mira y ve, visita a esta viña!” (v. 15). Y de inmediato añade el propósito del cambio de la vida: “Ya no volveremos a apartarnos de ti, nos darás vida e invocaremos tu nombre” (v. 19). Ante la oración de su pueblo, el Señor responde con prontitud y más allá de toda expectativa. Con Jesús, el Señor no sólo visita su viña sino que él mismo se convierte en la verdadera vid y nosotros en sus sarmientos.


10/12/2016
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