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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 144 (145), 2-5.10-11

2 todos los días te bendeciré,
  alabaré tu nombre por siempre.

3 Grande es el Señor, muy digno de alabanza,
  su grandeza carece de límites.

4 Una edad a otra encomiará tus obras,
  pregonará tus hechos portentosos.

5 El esplendor, la gloria de tu majestad,
  el relato de tus maravillas recitaré.

10 Alábente, Señor, tus creaturas,
  bendígante tus fieles;

11 cuenten la gloria de tu reinado,
  narren tus proezas.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 144 es un himno de alabanza a la realeza de Dios: “Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendeciré tu nombre por siempre” (v. 1). El salmista compone el salmo siguiendo el esquema del alfabeto hebreo: la primera palabra de cada versículo comienza con una letra del alfabeto, como queriendo subrayar que el Señor merece una alabanza plena, total; de la A a la Z diríamos nosotros. Por ello el salmo 144 es quizá el más popular en la liturgia sinagogal, donde se recita tres veces al día. También en la liturgia de la Iglesia se le reserva un lugar especial. Ya el Talmud, a propósito de este salmo, escribía: “Quien repite la t’hillá (canto de alabanza) de David tres veces al día puede estar seguro de que será hijo del mundo futuro” (Ber 4b). Es el salmo que impulsa al creyente a levantar la mirada de sí mismo para contemplar y meditar la realeza de Dios: “El esplendor, la gloria de tu majestad, el relato de tus maravillas recitaré” (v. 5). El salmista se detiene a cantar la majestad de Dios, cuya grandeza no tiene fin: a Él se le debe alabanza por siempre. La grandeza de la majestad divina no se mide con las escalas de este mundo, no es como la de los soberanos terrenos obsesionados con dominar a los demás. El Señor se inclina como un padre hacia sus criaturas y las acompaña con fidelidad en su camino a lo largo de la historia. Por eso el salmista puede cantar: “Una edad a otra encomiará tus obras, pregonará tus hechos portentosos” (v. 4). El Señor no abandona a sus hijos a su suerte, ni mucho menos los deja a merced del mal. Él acompaña fielmente a su pueblo, protegiéndolo de los enemigos y haciéndolo crecer en el amor. Los rasgos de la realeza divina que destaca el salmista son los de una justicia guiada por la bondad y la misericordia hacia todos, incluso los que “caen” y “vacilan”. Por esto el Dios de Israel no es un rey como los de la tierra: “El Señor es clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en amor” (v. 8). La cualidad de la realeza de Dios se mide en relación a la misericordia: “Bueno es el Señor para con todos, tierno con todas sus creaturas” (v. 9). Las palabras del salmista devuelven a la mente las que Jesús dirige a los discípulos mientras discutían quién era el mayor entre ellos: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve” (Lc 22, 25-26). Y Jesús ha demostrado, de forma directa y clara, el modo de reinar. Ante Pilatos, que le preguntaba si él era rey, respondió con claridad que lo era, pero no a la manera de los reyes de este mundo. El modo de reinar es dar la propia vida por los demás. La realeza de Jesús, y la consiguiente de sus discípulos, es dar la vida por los demás, especialmente por los más pobres. El salmista, con razón, invita a toda la creación a alabar al Señor: “Alábente, Señor, tus creaturas, bendígante tus fieles” (v. 10).


18/02/2017
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