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Iglesia de San Egidio - Roma

Sábado Santo


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 23,50-56

Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado. Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo, Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Una persona buena y justa no secundó la decisión de matar a Jesús. Había sido convocado para la reunión matinal en la que Jesús habría sido juzgado y condenado. El evangelista observa que José de Arimatea se había abstenido de aprobar la sentencia capital pronunciada por los miembros del sanedrín. Otro José llega al final de la vida de Jesús. El primero lo salvó de Herodes, el segundo lo baja de la cruz, lo envuelve en una sábana y lo deposita en un sepulcro nuevo. A él se unen también las mujeres que habían seguido a Jesús. Ante el sepulcro, ante el dolor de este mundo, ante la muerte, ante el sueño de los discípulos, ante el sufrimiento, queda solo la fe en las palabras de Jesús, que se ha abandonado al Padre. Escribe Lucas: "Era el día de la Preparación y apuntaba el sábado". Quizá no eran solo las luces de una ciudad que se despertaba sino también las de una nueva hora, de un nuevo día para aquel hombre y para el mundo. Ante la dimensión de dolor, quien no se suma a la decisión de matar y de oprimir al hombre no está llamado solo a llorar sino a creer, a rezar, a tener esperanza en una hora diferente, a dar lo que se tiene, quizá sólo la sábana de la misericordia o el sepulcro para la sepultura. La tradición de la Iglesia, basándose en los pasajes de la Escritura que hablan del descenso de Jesús a los infiernos, sostiene que este día Jesús desciende a los "infiernos", la morada de los muertos, para tomarles consigo y llevarles al Paraíso, comenzando por Adán y Eva. Es el icono de la Pascua venerado en la tradición ortodoxa. Es de aquí de donde parte la resurrección, del descenso de Jesús a los infiernos, a los infiernos de este mundo. Podemos decir que Jesús, aún hoy, continúa descendiendo a los "infiernos" de este mundo para arrancar de las manos de la muerte a cuantos han sufrido la violencia del mal y han sido abatidos. El resucitado quiere llevarles con él al cielo. A ellos y a muchos otros Jesús aún les sigue diciendo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".


15/04/2017
Sábado santo


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