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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de santa Catalina de Siena (+1380); trabajó por la paz, por la unidad de los cristianos y por los pobres.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,16-21

Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Soy yo. No temáis.» Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En las tormentas de la vida es fácil asustarse y dudar. El sufrimiento nos desconcierta, los desastres naturales nos dejan sin palabras, del mismo modo que a veces el abismo del mal que parece adueñarse de los hombres y las mujeres nos asusta, nos hace dudar y nos hace vivir con poca esperanza por nuestro futuro. Y así nos podemos preguntar: ¿qué humanidad es esta? Es una pregunta que parece lícita viendo las oleadas que parecen hundir a la humanidad de este inicio de milenio desde sus cimientos. Es la oscuridad en la que están sumergidos pueblos enteros y a veces también nosotros. Se podría decir que es la pesadez de aquella piedra que cerraba la tumba del Señor y que desconcertó a las mujeres cuando iban al sepulcro para ungir el cuerpo muerto de Jesús. Pero Él no está lejos de nosotros, incluso en los momentos oscuros. Jesús camina sobre las aguas tormentosas de la vida y se abre camino entre las oleadas y las dudas que nos asaltan y que hacen que nuestra vida sea triste y difícil. En realidad, somos nosotros los que nos olvidamos de él o, peor aún, huimos de él, como hicieron los apóstoles aquella tarde. Escribe el evangelista que los discípulos "ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo". También nosotros muchas veces en lugar de dejar que el Evangelio y los hermanos nos consuelen y nos tranquilicen, preferimos quedarnos con nuestro miedo, un sentimiento tan natural y espontáneo que nos parece más "nuestro" que la proximidad del Señor. Pero el amor de Jesús por nosotros es más firme que nuestro miedo, aunque nosotros preferimos continuar aferrados a la barca de nuestras seguridades ilusorias, creyendo con fuerte orgullo que nosotros solos podemos dominar los huracanes de la vida. Jesús se acerca a los discípulos y les dice: "Soy yo. No temáis". Son las palabras buenas que Jesús continúa repitiendo todavía hoy a sus discípulos cada vez que se anuncia el Evangelio. Y si lo acogemos, como hicieron los discípulos con Jesús, siempre nos trae bondad. La seguridad del discípulo no se basa en su fuerza o en su experiencia, sino en confiar en el Señor. El Señor es quien viene en nuestra ayuda, sube a nuestra barca y nos lleva hasta un puerto seguro.


29/04/2017
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