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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Floribert Bwuana Chui, joven congoleño de la Comunidad de Sant'Egidio asesinado en 2007 por unos desconocidos en Goma porque se opuso a un intento de corrupción.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 134 (135), 1-6

1 Alabad el nombre del Señor,
  alabad, siervos del Señor,

2 que servís en la Casa del Señor,
  en los atrios de la Casa de nuestro Dios.

3 Alabad al Señor, porque es bueno,
  tañed para su nombre, que es amable.

4 Pues el Señor se ha elegido a Jacob,
  a Israel, para ser su propiedad.

5 Bien sé yo que es grande el Señor,
  nuestro Señor más que todos los dioses.

6 Todo lo que quiere el Señor,
  lo hace en el cielo y la tierra,
  en el mar y en los abismos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Salmo 134, junto al siguiente, forman el «Gran Halel», es decir, «la Gran Alabanza» para el «credo» del pueblo de Israel. Este «credo» no está hecho de verdades abstractas, sino de la narración de la historia de Dios con su pueblo, Israel. Empieza con una decisión: la decisión del Señor de convertir a Israel en su pueblo. De esa decisión de Dios se desprende la consiguiente decisión de Israel: Dios es el único Señor y está por encima de todos los dioses. Él, que creó el mundo, también liberó a Israel de la esclavitud de Egipto conduciéndolo a la tierra prometida donde continúa protegiéndole y ayudándole. Al tejer la alabanza para este «credo», el salmista empieza por Dios: «El Señor se ha elegido a Jacob, a Israel, para ser su propiedad» (v. 4). El itinerario de la fe de Israel parte de la experiencia del amor de Dios, al que luego reconoce también como Creador del cielo y de la tierra. Efectivamente, la fe de Israel –y pasará lo mismo con la fe cristiana– no parte de verdades abstractas sino de haber experimentado la liberación de la esclavitud egipcia. El Dios de la tradición hebraico-cristiana es el liberador de la esclavitud del pecado y de la muerte. Esa misma es nuestra experiencia de fe. Nosotros empezamos a creer en el Señor cuando formamos parte de un encuentro, de una experiencia con los hermanos, con los pobres, cuando escuchamos la Palabra de Dios. Esa experiencia nos abre los ojos del corazón y reconocemos a Dios como el único Señor de nuestra vida. Él nos guarda desde la creación del mundo. Y continúa sosteniéndonos con su amor. El Señor lo ha hecho todo por amor. Y su fuerza está en el amor. Él continúa sosteniéndonos y guiándonos: «Todo lo que quiere el Señor, lo hace en el cielo y la tierra» (v. 6), gobierna las nubes, la lluvia y los vientos (v. 7). La experiencia de ser liberados para formar su pueblo nos hace comprender la universalidad de la salvación. El Señor eligió al pueblo de Israel no para que el pueblo se cierre en sí mismo, sino para que se ocupe de todos los pueblos de la tierra. El salmista, en los versículos siguientes, describe la liberación de Israel de Egipto como la obra por excelencia entre todas las obras de Dios. No muestra las «señales y prodigios» que hizo y que continúa haciendo para demostrar su poder, sino para manifestar que su amor por nosotros y por todos los pueblos es grande y fuerte.


08/07/2017
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