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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo del beato Giuseppe Puglisi, sacerdote de la Iglesia de Palermo, asesinado por la mafia en 1993.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 17,22-34

Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: «Al Dios desconocido.» Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar. «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por manos humanas, ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. El creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros: "Porque somos también de su linaje." «Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano. «Dios, pues, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos.» Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: «Sobre esto ya te oiremos otra vez.» Así salió Pablo de en medio de ellos. Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo empieza su discurso en la importante plaza del Areópago de Atenas hablando de un altar pagano dedicado al Dios desconocido que había visto visitando la ciudad. El apóstol afirma que estaba allí para anunciar el nombre de aquel Dios, que desde entonces dejaría de ser desconocido. La atención de los sabios atenienses era mucha y Pablo suscitaba interés entre aquellos exigentes oyentes, mientras que, tocando la fibra de su cultura, intentaba ponerla en diálogo con el Evangelio. Podríamos decir que el apóstol logró entrar en la sensibilidad de sus oyentes, algo importante sin duda, pero el corazón del mensaje evangélico, es decir, la victoria de Jesús sobre el mal y sobre la muerte, requería un «salto» respecto al argumentario lógico sobre el «dios desconocido». Pablo, efectivamente, tenía que anunciar la resurrección de Jesús de entre los muertos y eso requería una discontinuidad entre el plano de la cultura y el de la fe, entre el Evangelio y la razón. Cuando hay que aceptar el escándalo de la cruz y al Dios de Jesús, el encuentro se produce en un plano que no es el de la simple lógica racional. No sabemos si como consecuencia de esta derrota ateniense, Pablo escribirá a los Corintios: «No confié mi mensaje al prestigio de la palabra o de la sabiduría... Me presenté... apoyando mi palabra y mi predicación no en persuasivos discursos de sabiduría, sino en la demostración del Espíritu y de su poder» (1 Co 2,1-4). El corazón del anuncio cristiano, es decir, la resurrección de Jesús de entre los muertos, es un don extraordinario e inesperado que el Señor ha hecho a la humanidad y que va más allá de lo que puede esperar la razón, aunque no va contra ella. Quizás el apóstol esperaba que aquellos sabios, que consideraban que el alma es inmortal, aceptarían también el misterio de la resurrección de la carne. Con su discurso los había llevado al núcleo de la cuestión. Pero justo en aquel momento los atenienses lo interrumpieron diciendo: «Sobre esto ya te oiremos otra vez». Pablo sintió una gran decepción, pero quizás recordó las palabras de Jesús: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a gente sencilla» (Mt 11,25-27).


21/10/2017
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