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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Carlos Borromeo (†1584), obispo de Milán.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 20,29-32

«Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí. Por tanto, vigilad y acordaos que durante tres años no he cesado de amonestaros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros. «Ahora os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En su saludo a los ancianos, Pablo confirma el empeño pastoral que lo ha guiado durante los tres años de actividad en Éfeso. Las palabras que les dice tienen un aire de testamento. Y ellos las reciben con emocionada atención. Se dan cuenta de que pueden imitar al apóstol en su empeño pastoral. Pablo sabe que tras su partida surgirán problemas en la vida de la comunidad. Por eso les dice que vigilen, como ha hecho él mismo sin guardarse de nada. Les recuerda: «no he cesado de amonestaros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros» (v. 31). Son palabras apasionadas que demuestran el amor extraordinario de Pablo por la comunidad de Éfeso. Él sabe que la vida cristiana, incluida la de los pastores, no es simplemente el fruto de la buena voluntad de los individuos. El Señor es quien da la fuerza y la sabiduría para cumplir la vida cristiana. Por eso les dice: «Os encomiendo a Dios y a su palabra de gracia». Es curioso que el apóstol no confíe la Palabra a los ministros, sino los ministros a la Palabra. Es una afirmación que parece paradójica. En realidad, confiar los creyentes a la Palabra significa que están llamados a poner su fe y su esperanza en la Palabra de Dios y no en ellos mismos, o en sus ideas, o en otras personas o cosas. Por eso cada día, como auténticos siervos del Señor, todos tenemos que disponer con atención nuestro corazón a la Palabra (Is 50,4); cada día tenemos que dejar que el Señor abra nuestros oídos sin echarnos atrás (Is 50,5); cada día tenemos que dejar espacio a la Palabra de Dios para que permanezca en nosotros (Jn 15,7). La Palabra, ya antes de que se nos confíe a nosotros para que la comuniquemos, nos protege, nos custodia y nos bendice, como pasa en la celebración litúrgica al final de la proclamación del Evangelio. Los discípulos de Jesús podrán llevar la Palabra a los demás solo si antes la Palabra les sostiene a ellos. El Evangelio es la sustancia de la vida de la Iglesia y, por tanto, también de nuestra vida. Sin el Evangelio la Iglesia no es nada; y nosotros sin el Evangelio no tenemos nada que decir a nadie; sin el Evangelio de nada sirve que estemos muy ocupados, aunque sea con cosas sagradas. El Evangelio es el mismo Señor. Y, como él mismo dijo: «Separados de mí, nada podéis hacer» (Jn 15,5). Así pues, sin un encuentro fecundo con la Palabra de Dios incluso nuestra vida pierde su sentido.


04/11/2017
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