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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 21,37-22,21

Cuando iban ya a meterle en el cuartel, Pablo dijo al tribuno: «¿Me permites decirte una palabra?» El le contestó: «Pero, ¿sabes griego? ¿No eres tú entonces el egipcio que estos últimos días ha amotinado y llevado al desierto a los 4.000 terroristas?» Pablo dijo: «Yo soy un judío, de Tarso, ciudadano de una ciudad no oscura de Cilicia. Te ruego que me permitas hablar al pueblo.» Se lo permitió. Pablo, de pie sobre las escaleras, pidió con la mano silencio al pueblo. Y haciéndose un gran silencio, les dirigió la palabra en lengua hebrea. «Hermanos y padres, escuchad la defensa que ahora hago ante vosotros.» Al oír que les hablaba en lengua hebrea guardaron más profundo silencio. Y dijo: «Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy. Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguármelo el Sumo Sacerdote y todo el Consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había, para que fueran castigados. «Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: "Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?" Yo respondí: "¿Quién eres, Señor?" Y él a mí: "Yo soy Jesús Nazoreo, a quien tú persigues." Los que estaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: "¿Qué he de hacer, Señor?" Y el Señor me respondió: "Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas." Como yo no veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco. «Un tal Ananías, hombre piadoso según la Ley, bien acreditado por todos los judíos que habitaban allí, vino a verme, y presentándose ante mí me dijo: "Saúl, hermano, recobra la vista." Y en aquel momento le pude ver. El me dijo: "El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, pues le has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre." «Habiendo vuelto a Jerusalén y estando en oración en el Templo, caí en éxtasis; y le vi a él que me decía: "Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí." Yo respondí: "Señor, ellos saben que yo andaba por las sinagogas encarcelando y azotando a los que creían en ti; y cuando se derramó la sangre de tu testigo Esteban, yo también me hallaba presente, y estaba de acuerdo con los que le mataban y guardaba sus vestidos." Y me dijo: "Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles".»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo, capturado por los soldados a causa de una revuelta provocada por los judíos de la diáspora, está ahora en la escalinata que lleva a la Torre Antonia, aquella torre que algunos años antes había sido testigo del proceso de Jesús. Pablo está entre los soldados romanos y la multitud de los judíos: una situación con un fuerte sentido simbólico. En este punto el apóstol pide al tribuno que le deje dirigirse al pueblo que se había reunido. Tras obtener el permiso de hablar, el apóstol hace una indicación con la mano y la multitud, al oír que habla en hebreo, calla de inmediato. No hace un discurso teórico, de doctrina, sino que simplemente narra su vida y todo cuanto le ha pasado en el camino de Damasco. Su discurso es muy personal (utiliza la primera persona del singular 40 veces en un pasaje de 21 versículos). Y se basa por completo en el testimonio de su vida. No importa cuál será la reacción de los oyentes; Pablo entiende que el testimonio personal, el de la propia vida, puede tocar los corazones. Podríamos decir que a pesar de todo es una manera eficaz de practicar la predicación. Esta, en efecto, según el apóstol no es ante todo un discurso sobre verdades abstractas, sino la narración de lo que el Evangelio hace en nuestra vida y en la de aquellos que lo escuchan. Si el Evangelio se convierte solo en un libro escrito es papel mojado. Solo si se convierte en carne, es decir, vida concreta de aquellos que lo escuchan, el Evangelio es creíble y se convierte en fuente de vida nueva.


11/11/2017
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