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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 17,11-19

Yo ya no estoy en el mundo,
pero ellos sí están en el mundo,
y yo voy a ti.
Padre santo,
cuida en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos,
yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado.
He velado por ellos y ninguno se ha perdido,
salvo el hijo de perdición,
para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti,
y digo estas cosas en el mundo
para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra,
y el mundo los ha odiado,
porque no son del mundo,
como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo,
sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo,
como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad:
tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo,
yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo,
para que ellos también sean santificados en la verdad.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Señor reza por sus discípulos. A pesar de la inminencia de la traición y de la pasión no llora por sí mismo, sino que se conmueve ante las pruebas a las que se enfrentarán sus discípulos. Es consciente de que deberán afrontar pruebas muy duras. Teme por ellos, porque sabe que las asperezas de la vida cuestionan continuamente el Evangelio, intentando que aparezca como algo inútil o imposible de vivir. Sabe que la tentación de caminar cada uno por su cuenta les hace débiles. Jesús ya ha previsto su miedo y su dispersión inmediatamente después de su captura, y sin embargo no deja que venza la desilusión y la desesperación. Prevalece en Él el deseo de preservar a aquella pequeña familia, frágil pero al mismo tiempo protegida por la roca en la que ha nacido, es decir, su amor por cada uno de ellos, llamado y elegido personalmente por Él. Ahora quiere protegerlos de los embates del mal. Jesús sabe que la última palabra no es la del maligno, aunque intente por todos los medios demostrar que su fuerza de violencia es superior a la del amor, sino suya. El Señor sabe que la victoria definitiva se alcanza consagrando su vida por los hombres, rechazando la lógica egoísta de salvarse a uno mismo por todos los medios. Es lo que le gritarán estando en la cruz: "¡Sálvate a ti mismo!", es el "evangelio" del mundo. No es así entre los discípulos, pues están en el mundo -subraya Jesús- sin ser por ello esclavos de su mentalidad egocéntrica. Es más, han sido elegidos por él para que comuniquen en todo lugar de la tierra ese amor gratuito que es el único que puede derrotar al mal y la muerte.


19/05/2010
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