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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de santa Escolástica (ca. 480 - ca. 547), hermana de san Benito. Con ella recordamos a las ermitañas, las monjas y las mujeres que siguen al Señor.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 7,24-30

Y partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. El le decía: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» Pero ella le respondió: «Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños.» El, entonces, le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija.» Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Terminada la polémica de Jesús con los fariseos sobre las abluciones y la pureza legal, el texto de Marcos nos propone el episodio de la mujer sirofenicia. Jesús vuelve de nuevo a tierra pagana y allí permanece por un tiempo para cumplir con una auténtica y verdadera misión de evangelización. Saliéndose de los confines habituales del pueblo de Israel Jesús quiere decir que el Evangelio no está reservado solo para algunos pueblos o personas. No hay nadie en el mundo que sea ajeno al Evangelio, nadie que no pueda ser tocado por la misericordia del Señor. El ejemplo de la mujer sirofenicia, tal como lo cuenta el evangelista, "obliga" a Jesús a ensanchar los límites de su misión. Se podría decir que el Evangelio empuja también a Jesús a ir más allá, a no pararse dentro de los límites habituales, ni siquiera los de la propia cultura o la propia religión. Ya justo después de haber recibido el bautismo de Juan, Jesús "fue llevado por el Espíritu al desierto" (Mt 4, 1), como para subrayar la obediencia de Jesús al Padre. En este caso es la oración de esta mujer la que pliega el corazón de Jesús: ella insiste en pedir la curación de su hija enferma. Es un ejemplo para todos nosotros creyentes: así se reza. Por otra parte es el mismo Jesús el que ha insistido en más ocasiones sobre la perseverancia en la oración: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán" (Lc 11, 9-10). Que la insistencia de esta pobre mujer nos ayude a comprender la misericordia y la bondad de Dios: el Señor no sabe resistirse a la oración sincera de sus hijos. Aquella mujer perseveró en la oración y Jesús la escuchó, yendo mucho más allá de sus peticiones: no le dio solo las migajas, sino la plenitud de la vida para la hija. Verdaderamente el corazón del Señor es grande y rico en misericordia; a nosotros se nos pide solo dirigirnos a Él con fe. Dice Jesús al final de la parábola sobre la eficacia de la oración: "Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!" (Lc 11, 13).


10/02/2011
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