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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Timoteo 1,6-18

Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio para cuyo servicio he sido yo constituido heraldo, apóstol y maestro. Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros. Ya sabes tú que todos los de Asia me han abandonado, y entre ellos Figelo y Hermógenes. Que el Señor conceda misericordia a la familia de Onesíforo, pues me alivió muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas, sino que, en cuanto llegó a Roma, me buscó solícitamente y me encontró. Concédale el Señor encontrar misericordia ante el Señor aquel Día. Además, cuántos buenos servicios me prestó en Éfeso, tú lo sabes mejor.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

El ministerio pastoral de Timoteo no es fácil, en parte por su juventud. Sin embargo Pablo le recuerda "el carisma de Dios" que le ha sido otorgado a través de la imposición de las manos (cf. 1 Tm 4, 14), y le pide que lo reavive con la oración, la fidelidad y la dedicación pastoral, de modo que se ilumine con una luz cada vez más clara y se convierta en una fuente cada vez mayor de fuerza para su ministerio. Pablo compara el don recibido con un fuego, una imagen que ya había usado en la primera carta a los Tesalonicenses, comparando el fuego del Espíritu de Dios con sus dones (1 Ts 5, 19). Dios -escribe el apóstol- le ha concedido un espíritu de fortaleza, de caridad y de templanza para poder ser un pastor sabio y fuerte. Alimentado por la fuerza del Señor encontrará el valor para no avergonzarse del testimonio del Señor, es decir, de predicar el Evangelio de Jesús. Y si no se avergüenza del Señor, no lo hará tampoco del apóstol -ahora "su prisionero"-, que ha hecho de la predicación la razón de su vida. Así debe ser para todo discípulo, como Jesús mismo dijo: "Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos" (Mt 10, 32). Sin embargo, el testimonio del Evangelio lleva siempre consigo el sufrimiento: el apóstol le advierte que debe sufrir con él por el Evangelio, con la fuerza de Dios, y sabe que su sangre está "a punto de ser derramada en libación y el momento de su partida es inminente" (4, 6). Esta misma dedicación total al Señor en servicio del Evangelio la exige Pablo de Timoteo. Con pocas frases esboza la obra de salvación de la que ha sido constituido "heraldo, apóstol y maestro" (cf. 1 Tm 2, 7). La prisión limita el desarrollo de esta tarea, pero no la anula porque "la palabra de Dios no está encadenada" (2, 9). Él se encuentra en la cárcel como un malhechor, pero "no se avergüenza" de sus cadenas; al contrario, las lleva con orgullo. Su seguridad y su paz están en Dios, en el cual ha puesto su fe, y por ello no quedará defraudado. Aunque se encuentra ya al final de sus días, y su vida puede quedar truncada de un momento a otro, Pablo tiene la certeza y la firme convicción de que el depósito que se le ha confiado (cf. 1, 14; 1 Tm 6, 20) está bien custodiado en las manos omnipotentes de Dios "hasta aquel Día", es decir, hasta el final del tiempo presente y el retorno del Señor (1, 18; 2 Ts 1, 10). El Evangelio que Timoteo ha escuchado de Pablo debe ser "norma" de la sana doctrina. El apóstol llama "sanas palabras" a la predicación cristiana, ya que ésta es expresión plena de la vida espiritual, inmune a todo germen de error, y genera una vida íntegra y sana. De este modo, Timoteo y todo creyente conservarán "el buen depósito", es decir, el Evangelio de Jesucristo.


10/04/2012
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