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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Tito 1,1-4

Pablo, siervo de Dios, apóstol de Jesucristo para llevar a los escogidos de Dios a la fe y al pleno conocimiento de la verdad que es conforme a la piedad, con la esperanza de vida eterna, prometida desde toda la eternidad por Dios que no miente, y que en el tiempo oportuno ha manifestado su Palabra por la predicación a mí encomendada según el mandato de Dios nuestro Salvador, a Tito, verdadero hijo según la fe común. Gracia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Salvador.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo escribe a Tito, "verdadero hijo según la fe común", a quien ha dejado en Creta para que "acabara de organizar lo que faltaba" en la comunidad. El apóstol sabe que le ha confiado una tarea que no es fácil, y para respaldar su autoridad le escribe esta carta, para ser leída ante toda la comunidad reunida. Pablo vincula el ministerio de su discípulo a su propia autoridad apostólica, y por ello -incluso antes de nombrar al destinatario- resalta su condición de "apóstol", es decir, enviado de Jesús. Pablo no se lo recuerda a Tito para hacer alarde; sabe muy bien que también él es ante todo un "siervo" del Señor. En efecto, la autoridad en la comunidad cristiana no se confiere para sacar un beneficio personal sino para servir a la comunión de los hermanos en la única fe y la única esperanza. Pablo recuerda a Tito, y a quien tenga alguna responsabilidad en la comunidad, que toda la obra apostólica tiene su razón de ser precisamente en relación con "la esperanza de vida eterna". El pastor debe predicar y dar testimonio de esta esperanza a todos. Es Dios mismo quien la promete, y Dios no miente -al contrario, es quien la garantiza. De hecho la tiene reservada a sus hijos desde el jardín del Edén, y a lo largo de la historia la ha revelado a su pueblo a través de una cadena ininterrumpida de profetas. Entonces, "en el tiempo oportuno", el Señor envió a su propio Hijo Jesús para que cumpliese esta promesa, y es Jesús mismo quien le ha llamado a él, Pablo, para comunicar al mundo este mensaje de alegría (cf. 1 Tm 1, 1). Pablo, a su vez, se lo ha confiado a Tito, pidiéndole que continúe su misión.


17/04/2012
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