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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de la beata Madre Teresa de Calcuta.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Judas 1,20-23

Pero vosotros, queridos, edificándoos sobre vuestra santísima fe y orando en el Espíritu Santo, manteneos en la caridad de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. A unos, a los que vacilan, tratad de convencerlos; a otros, tratad de salvarlos arrancándolos del fuego; y a otros mostradles misericordia con cautela, odiando incluso la túnica manchada por su carne.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol opone la unidad de la comunidad cristiana a la herejía de la división. La unidad de la que habla el apóstol no es simplemente de tipo organizativo. Es una unidad que va mucho más a fondo en la vida espiritual que nace de Dios mismo. El apóstol retoma la imagen de la casa y presenta a los creyentes el edificio espiritual que deben continuar construyendo sobre los cimientos que ya se han colocado. En estas palabras hay una concepción profunda de la responsabilidad de todo creyente: construir el edificio espiritual es tarea de todos. Estamos lejos de una concepción que, con las palabras de hoy, podríamos definir como clerical. La comunidad es de todos y cada uno de los que la forman es responsable de ella. No es suficiente con una pertenencia "étnica". Todo creyente dará cuentas a Dios de su trabajo en la Iglesia. Y el apóstol señala algunos que hay que practicar. En primer lugar, la oración. Es una tarea sacerdotal de toda la comunidad, nadie puede excluirse de este "trabajo" esencial para edificar la Iglesia. Practicando la oración se derrota de raíz la concepción individualista de la fe. Y se pasa a la siguiente obra, es decir, mantenerse "en el amor de Dios". Esta última expresión contiene aquella sinergia que se instaura entre Dios y los creyentes cuando instauran el amor en esta tierra. No se trata de un amor cualquiera, sino del agape, del amor de Dios infundido en el corazón de los creyentes. Los cristianos viven el amor de una manera peculiar, que les es propia. Y ese es tal vez el tesoro más grande que podemos mostrar al mundo. Nadie más puede hacerlo. Así viven y esperan los cristianos la misericordia de Dios, es decir, la plenitud del reino. Es una espera activa que requiere una gran generosidad por parte de todos. El apóstol exhorta a ocuparse con cariño de los hermanos y las hermanas. Ese es el amor evangélico que estamos llamados a vivir. Y por ello nos reconocerán como discípulos de Jesús.


05/09/2012
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