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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Oración por la unidad de las Iglesias. Recuerdo especial de las Iglesias de la Comunión anglicana.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 8,14-17

En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La situación del hombre a menudo está aprisionada entre el orgullo y el miedo: el deseo de afirmarnos es fuerte, e igualmente fuerte es el miedo a no lograr dominar a los demás. La vida que de ello deriva no es bella ni para uno mismo ni para los demás. El orgullo y el miedo encadenan a los hombres en la soledad y en el amor por ellos mismos, y fomentan la creación de una sociedad de huérfanos, es decir, de personas abandonadas en la soledad, que se vuelven violentas porque todo repliegue significa miedo al otro y, por tanto, oposición como defensa. El Señor vino en nuestra ayuda dándonos su espíritu para que no volviéramos a caer en el miedo y nos convirtiésemos en hijos suyos. Y la certeza de que somos hijos se debe buscar en el corazón, allí donde habita el Espíritu. En efecto, ninguno de los discípulos de Jesús puede decirse huérfano y abandonado. Al contrario, todos son liberados radicalmente de la soledad para ser acogidos en la familia de Dios. El Señor, se lee en los documentos del Concilio Vaticano II, no quiso salvar a los hombres individualmente, sino haciendo de ellos un pueblo, o aún mejor, una «familia» en la que todos pueden dirigirse al Padre con el término más querido por los niños: «papá», «abbá». La condición de hijos es la raíz de nuestra salvación y nunca se apagará; es también la fuente de nuestra alegría. Quien rechaza esta filiación se autocondena a la esclavitud del mal. Permaneciendo hijos nos convertimos en herederos de las promesas de Dios y de su misma gloria.


21/01/2013
Oración por la Paz


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