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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Primera Corintios 13,1-13

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Esta es una de las páginas más conocidas del apóstol Pablo. Y lo es con motivo, porque toca uno de los puntos clave del Evangelio del amor. Para indicar el amor evangélico, Pablo utiliza el término griego agape, que en comparación con otros como eros y philia era el menos utilizado. El amor cristiano era tan desconocido que era necesario encontrar un término nuevo. Se trataba de un amor inconcebible humanamente, y que tenía su modelo culminante en Jesús: un amor desinteresado, gratuito, incluso injustificado, porque continúa actuando –y es lo menos que se puede decir– incluso fuera de la reciprocidad. El ágape es el amor de Dios infundido en nuestros corazones. Es un «carisma» en el sentido que es un don que Dios nos hace de manera gratuita. El apóstol puede decir que es el carisma más alto, precisamente porque es Dios mismo. Por eso el agape (el amor evangélico) no puede ser el fruto de nuestro trabajo. El agape debe ser acogido, custodiado, alimentado, fortalecido y hecho crecer. Por eso es presentado también como un «camino» que hay que recorrer. Pero ante todo es un don; si falta ese don es inútil hablar la lengua de los ángeles, inútil poseer el don de profecía, inútil incluso la fe, así como despojarse de sí mismo. El amor evangélico es la sustancia de la salvación, porque es Dios mismo. Quien lo acoge es tolerante, benévolo, humilde, paciente, bueno, misericordioso. La lista de adjetivos dibuja los peldaños que forman el camino de la perfección. Cada creyente debe recorrerlos: es el mejor de todos los caminos, y el que se indica a todos. Sin el amor todo lo demás no vale nada. El amor es fuente de todo bien, y solo él es, desde este momento, la eternidad.


14/03/2013
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