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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Corintios 6,3-18

A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos. ¡Corintios!, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón se ha abierto de par en par. No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros. Correspondednos; os hablo como a hijos; abríos también vosotros. ¡No unciros en yugo desigual con los infieles! Pues ¿qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía entre Cristo y Beliar? ¿Qué participación entre el fiel y el infiel? ¿Qué conformidad entre el santuario de Dios y el de los ídolos? Porque nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Por tanto, salid de entre ellos y apartaos, dice el Señor. No toquéis cosa impura, y yo os acogeré. Yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo vuelve a hablar de su ministerio apostólico. No está preocupado por él y por su fama. Lo que le preocupa es que los corintios lo acojan como enviado del Señor. Y añade: «Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios» (v. 1). Y no hay que demorarse. El momento favorable es este. Además, el apóstol ha hecho frente a innumerables dificultades para no faltar a su ministerio apostólico. Y las enumera: azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos…. Ninguna de ellas le ha alejado de la misión de predicar el Evangelio. Al contrario, revestido de sentimientos de pureza, de sabiduría, de paciencia, de benevolencia, de santidad y de amor sincero, no ha dejado de predicar el Evangelio y de servir a la comunidad. La Palabra que el Señor le había confiado fue su fuerza, su sostén. Podríamos decir que los discípulos de Jesús, pobres en bienes exteriores, tienen una riqueza interior que mientras la comunican les sostiene, e incluso les fortalece y ensancha su corazón. Pablo lo escribe a los corintios «¡Corintios!, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón está abierto de par en par» (v. 11). Pero la grandeza del corazón del apóstol contrasta con la avaricia de los corintios: «No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están» (v. 12). La estrechez del corazón de los corintios angustia al apóstol porque le impide derramar sobre ellos el alimento bueno de la predicación evangélica. Y, con amor de padre («os hablo como a hijos»), les dice: «Abríos también vosotros», es decir, «ensanchad vuestro corazón». Es la condición para acoger el Evangelio. De lo contrario caemos bajo el «yugo desigual con los infieles» (v. 14), es decir, con la mentalidad egocéntrica del mundo. No es posible ningún compromiso entre «Cristo y Beliar», es decir, entre Cristo y Satanás. El yugo de este último es un peso que aplasta, mientras que el yugo del Evangelio es «suave» (Mt 11,30). Y aquel que lo acoge se convierte en «templo de Dios», es decir, testigo del amor y de la misericordia del Señor. Si abrimos el corazón al Evangelio, quedaremos libres del yugo de Satanás, y también el mundo se abrirá al amor.


15/04/2013
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