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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Colosenses 3,5-17

Por tanto, mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría, todo lo cual atrae la cólera de Dios sobre los rebeldes, y que también vosotros practicasteis en otro tiempo, cuando vivíais entre ellas. Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos. Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El discípulo, convertido en un «hombre nuevo», vive ya en el mundo inaugurado por el resucitado. Pero cuidado con hacerse la ilusión de que se está seguro de las insidias del pecado que, como señala el Génesis, está «acechando» a la puerta del corazón. Ser una nueva criatura exige al discípulo que se comporte consecuentemente. Por esto Pablo recuerda a los colosenses la exigencia de mortificar (de hacer morir) «cuanto en vosotros es terreno», es decir, los instintos que inducen a vivir para satisfacerse solo a uno mismo. Pablo menciona algunos, desde los desórdenes sexuales hasta la codicia, calificada como idolatría. De hecho, la sed insaciable de poseer para sí absorbe hasta tal punto las energías del hombre que lo lleva a la sumisión del corazón. Ser discípulo requiere la lucha contra el pecado y el compromiso por el dominio sobre los propios instintos. Es una verdadera lucha dirigida a la disminución del propio orgullo para que crezca la caridad. Es el camino para realizar entre los miembros de la comunidad una verdadera comunión de amor. En cambio, vivir poniéndose en el centro uno mismo significa estar bajo la ira de Dios, bajo su juicio. En realidad Dios no permite que el mal amenace al hombre y le desvíe de su vocación. Por esto el apóstol trae a la memoria de los colosenses su conducta pagana pasada (3,7) para que comprendan la gracia que han recibido al entrar a formar parte de la comunidad de los discípulos y les recuerda que es necesario despojarse, al igual que se quita un vestido, de toda mala conducta. Enumera algunos vicios: «cólera, ira, maldad, maledicencia y obscenidades», todos los cuales nacen del desorden al hablar y envenenan las relaciones en la comunidad. Por tanto recuerda una vez más el bautismo: el creyente es «revestido de Cristo» (Ga 3,27; Rm 13,14) y pertenece a él, hasta el punto que puede decir: «y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). Tal pertenencia requiere la renovación del corazón para que el discípulo cada vez sea más similar a Cristo, imagen por excelencia de Dios (Col 1,15). En el hombre nuevo ya no hay división de cultura, de raza, de condición social, como escribe a los Gálatas: «Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,27ss). La unión con Cristo relativiza las diferencias porque lo que une es mucho más fuerte que lo que divide.


21/05/2013
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