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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 4,3-13

De hecho, hemos entrado en el descanso los que hemos creído, según está dicho: Por eso juré en mi cólera: ¡No entrarán en mi descanso! Y eso que las obras de Dios estaban terminadas desde la creación del mundo, pues en algún lugar dice acerca del día séptimo: Y descansó Dios el día séptimo de todas sus obras. Y también en el pasaje citado: ¡No entrarán en mi descanso! Por tanto, quedando en claro que algunos han de entrar en él, y que los primeros en recibir la buena nueva no entraron a causa de su desobediencia, vuelve a señalar un día, hoy, diciendo por David al cabo de tanto tiempo, como queda dicho: Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones... Porque si Josué les hubiera proporcionado el descanso, no habría hablado Dios más tarde, de otro día. Por tanto es claro que queda un descanso sabático para el pueblo de Dios. Pues quien entra en su descanso, también él descansa de sus trabajos, al igual que Dios de los suyos. Esforcémonos, pues, por entrar en ese descanso, para que nadie caiga imitando aquella desobediencia. Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La tentación de los cristianos, de la que el autor nos quiere prevenir y que es análoga a la que tuvieron los israelitas al llegar a las puertas de Caná, es la de «quedarse atrás» y no entrar en la tierra prometida. Equivale a decir «echarse atrás» ante el amor de Dios, no dejarse arropar por su abrazo. Pero esa es precisamente la buena noticia para los cristianos: Jesús ha venido a nosotros para amarnos. No solo no nos quita nada sino que nos lo da todo. Él, podríamos decir, no «se queda atrás», sino que ofrece su propia vida por nosotros. Pues bien, el «descanso» que se propone a los discípulos es precisamente este abrazo de amor de Dios. Se trata de un amor que debemos acoger y vivir, de una comunión que debemos habitar junto a los hermanos y hermanas. La Iglesia ya vive desde ahora el día del «descanso», el «séptimo día», precisamente cuando Dios reinará con amor sobre todos. El autor exhorta con razón a los creyentes para que entren de prisa en el descanso: «Esforcémonos, pues, por entrar en ese descanso, para que nadie caiga imitando aquella desobediencia». Entrar en el «descanso», efectivamente, significa tomar parte en la vida de la comunidad. El vínculo que establece el autor entre el «descanso» y la «casa» recuerda el don que los cristianos reciben cuando forman parte de la comunidad cristiana, donde son amados y custodiados. No es casualidad, pues, que el autor presente en este contexto el elogio de la Palabra de Dios, verdadera y firme base sobre la que se edifica la casa. Y no se trata de una base que se coloca de una vez por todas. La Palabra de Dios está viva porque, si es escuchada cada día, «refunda» la comunidad: efectivamente, alimenta a los creyentes con un alimento siempre nuevo, apto para cualquier edad espiritual, y los sostiene para que sepan erradicar el mal y edificar el bien. El autor la alaba: «viva es la palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón». La palabra de Dios nos comprende mucho más de lo que nos comprendemos nosotros mismos. Por eso el creyente es invitado a confiarse a ella si quiere conocer las profundidades de su propio corazón; y debe escucharla si desea vivir la paz y la salvación para sí mismo y para el mundo. En las Escrituras es el mismo Dios el que habla a los suyos, también a nosotros. La Palabra es luz para nuestros pasos y para los de quien se deja iluminar: «No hay criatura invisible para ella: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta».


04/06/2013
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