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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 10,32-39

Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate, unas veces expuestos públicamente a ultrajes y tribulaciones; otras, haciéndoos solidarios de los que así eran tratados. Pues compartisteis los sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes, conscientes de que poseíais una riqueza mejor y más duradera. No perdáis ahora vuestra confianza, que lleva consigo una gran recompensa. Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido. Pues todavía un poco, muy poco tiempo;
y el que ha de venir vendrá sin tardanza.
Mi justo vivirá por la fe;
mas si es cobarde, mi alma no se complacerá en él.
Pero nosotros no somos cobardes para perdición, sino creyentes para salvación del alma.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Empieza la tercera parte de la epístola. El autor quiere exhortar a los cristianos a ser constantes y a perseverar en la vida cristiana. Era un momento especialmente difícil para las comunidades de aquel tiempo, acuciadas por no pocas dificultades. Evidentemente se había producido alguna concesión o bien su testimonio había aflojado, tal vez por un cristianismo vivido de manera más individualista y por tanto menos significativo, menos profético. El autor recuerda a aquellos cristianos el fervor que tenían en la época de su conversión, cuando afrontaban con valentía todo sacrificio con tal de dar testimonio del Evangelio: no solo no se echaban atrás ante las dificultades y los peligros, sino que los afrontaban juntos «con alegría». Recuerda cuando eran «expuestos públicamente a injurias y ultrajes» y vivían una profunda solidaridad entre ellos: «compartisteis los sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes». La razón de esta valentía radicaba en la convicción «de que poseíais una riqueza mejor y más duradera». Por desgracia el fervor del inicio –el Apocalipsis diría: «el amor de antes» (Ap 2,4)– se ha enfriado y ha sido sustituido por una actitud perezosa en el seguimiento del Evangelio y un espíritu resignado ante las dificultades que se encuentran. Es una concesión que también nosotros conocemos bien, aunque no vivamos en situaciones tan adversas como las de los cristianos de aquella época. No es difícil dejarse superar por la pereza y por la resignación, típicos de una cultura egocéntrica y consumista, que desgastan desde el interior la profecía del Evangelio. Los cristianos dejan de tener esperanza y, por tanto, de trabajar por un mundo nuevo, más solidario y menos violento. El autor nos exhorta, en cambio, a redescubrir la virtud de la constancia, es decir, a perseverar en el seguimiento del Evangelio y a no abandonar la parresía, aquella confianza en Dios que representa una verdadera fuerza para el creyente y que le permite mantenerse firme incluso en un mundo hostil al Evangelio y a sus seguidores.


18/06/2013
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