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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 1,11-19

Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: "¿Qué estás viendo, Jeremías?" "Una rama de almendro estoy viendo." Y me dijo Yahveh: "Bien has visto. Pues así soy yo, velador de mi palabra para cumplirla." Nuevamente me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: "¿Qué estás viendo?" "Un puchero hirviendo estoy viendo, que se vuelca de norte a sur." Y me dijo Yahveh:
"Es que desde el norte se iniciará el desastre
sobre todos los moradores de esta tierra. Porque en seguida llamo yo
a todas las familias reinos del norte
- oráculo de Yahveh -
y vendrán a instalarse
a las mismas puertas de Jerusalén,
y frente a todas sus murallas en torno,
y contra todas las ciudades de Judá, a las que yo sentenciaré
por toda su malicia:
por haberme dejado a mí
para ofrecer incienso a otros dioses,
y adorar la obra de sus propias manos. Por tu parte, te apretarás la cintura,
te alzarás y les dirás
todo lo que yo te mande.
No desmayes ante ellos,
y no te haré yo desmayar delante de ellos; pues, por mi parte, mira que hoy te he convertido
en plaza fuerte,
en pilar de hierro,
en muralla de bronce
frente a toda esta tierra,
así se trate de los reyes de Judá como de sus jefes,
de sus sacerdotes o del pueblo de la tierra. Te harán la guerra,
mas no podrán contigo,
pues contigo estoy yo - oráculo de Yahveh - para
salvarte."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ser profeta significa vivir de visiones, empezar a ver a los demás y a la historia con la mirada de Dios y no con los ojos del horizonte limitado que tiene cada uno. Dios le pide con insistencia a Jeremías que vea: es la exhortación a escuchar continuamente la Palabra de Dios que como una luz ayuda a leer «los signos de los tiempos», como diría el beato Juan XXIII. El profeta es aquel que, tras haber escuchado la Palabra de Dios, debe comunicarla al mundo para ayudar a leer la historia de una manera profunda. No podemos vivir con la mirada fija solo en nosotros mismos. La palabra de Dios nos ayuda a ir más allá de una lectura superficial de los acontecimientos, abre nuestros ojos al futuro, nos ayuda a comprender la dirección de la historia, sin que nos quedemos atrapados por el prejuicio o por el miedo o incluso la angustia ante hechos difíciles de comprender. El Señor envía al profeta a todas las naciones, no solo a su pueblo. La profecía, de hecho, abre los ojos y el corazón del creyente sobre el mundo, le ayuda a tener una comprensión amplia y nueva de la historia. La Palabra de Dios, por tanto, no nos abstrae de la historia del mundo, sino que, por el contrario, nos lleva a los dramas del mundo para mostrarnos el camino de la salvación. El mismo Señor «vigila» para que su palabra se haga realidad y llegue a todos los pueblos. De hecho, tal como dice el Señor en el libro de Isaías, la palabra «no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié» (55,11). No hay que tener miedo ante los tiempos difíciles, como los que vivimos actualmente. Más bien hay que acoger urgentemente la promesa de Dios y hacer como Samuel, «no dejó caer en tierra» ninguna de las palabras que escuchó. El llamamiento de Dios rompe todo intento de cerrarse, nos libra del miedo y nos sumerge en la historia con un espíritu nuevo y una visión nueva. El Señor hace que el profeta sea sólido como una fortaleza y resistente como un muro de bronce. Una decisión así impulsa a Dios a enviar a su propio Hijo, Jesucristo, para que sea el Emmanuel, el «Dios con nosotros» y nos acompañe «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).


02/07/2013
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