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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 22,1-12

Yahveh dijo así: Baja a la casa real de Judá y pronuncias allí estas palabras. Dirás: Oye la palabra de Yahveh, tú, rey de Judá, que ocupas el trono de David, y tus servidores y pueblo - los que entran por estas puertas -. Así dice Yahveh: Practicad el derecho y la justicia, librad al oprimido de manos del opresor, y al forastero, al huérfano y a la viuda no atropelléis; no hagáis violencia ni derraméis sangre inocente en este lugar. Porque si ponéis en práctica esta palabra, entonces seguirán entrando por las puertas de esta casa reyes sucesores de David en el trono, montados en carros y caballos, junto con sus servidores y su pueblo. Mas si no oís estas palabras, por mí mismo os juro - oráculo de Yahveh - que en ruinas parará esta casa. Pues así dice Yahveh respecto a la casa real de Judá:
Galaad eras tú para mí,
cumbre del Líbano:
pero ¡vaya si te trocaré en desierto,
en ciudades deshabitadas! Voy a consagrar contra ti a quienes te destruyan:
¡cada uno a sus hachas!
Talarán lo selecto de tus cedros,
y lo arrojarán al fuego. Muchas gentes pasarán a la vera de esta ciudad y dirán cada cual a su prójimo: "¿Por qué ha hecho Yahveh semejante cosa a esta gran ciudad?" Y les dirán: "Es porque dejaron la alianza de su Dios Yahveh, y adoraron a otros dioses y les sirvieron." No lloréis al muerto ni plañáis por él:
llorad, llorad por el que se va,
porque jamás volverá
ni verá su patria. Pues así dice Yahveh respecto a Sallum, hijo de Josías, rey de Judá y sucesor de su padre Josías en el reino, el cual salió de este lugar: "No volverá más aquí, sino que en el lugar a donde le deportaron, allí mismo morirá, y no verá jamás este país."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En las palabras proféticas emerge continuamente la invitación al rey, a los jueces y a aquellos que ejercen el poder a que apliquen la justicia, sobre todo con los pobres. La narración de la viña de Nabot, en la que el profeta Elías acusa a Ajab de la gran injusticia cometida, es uno de los muchos ejemplos (1 R 21). Existe un verdadero conflicto entre el profeta y el rey en referencia a la justicia con los pobres. En el antiguo Oriente Próximo una de las principales tareas del rey era defender el derecho de los más débiles, aunque raramente se cumplía. Lo proclamaban ya los grandes códigos legislativos, como el de Hammurabi. Y eso explica la insistencia de los profetas en la defensa de los oprimidos. Así lo hace también Jeremías. El forastero, el huérfano y la viuda son considerados entre las personas más pobres, porque no tenían tierra y dependían totalmente de la acogida o de la generosidad de los demás. A menudo la Biblia se preocupa de su delicada situación. Ya en el libro del Éxodo (22,20-21) se establecen leyes para su defensa: «No maltratarás al forastero… No vejarás a viuda alguna ni a huérfano». La casa del rey debe ser un lugar de defensa del derecho de los pobres. Y no se trata simplemente de dar algo a los pobres, sino más bien de aplicar un derecho de justicia con ellos. Los pobres, precisamente por su situación, gozan de un derecho particular de atención, que deben tener todos, empezando por el rey. En toda sociedad salvaguardar el derecho de los pobres y de los débiles no es solo un signo de civilización sino la garantía de una convivencia pacífica. Para el cristiano la defensa de los pobres no se justifica solo por una justicia a la que no se puede faltar y aún menos es una opción que se pueda delegar a Caritas diocesana, sino que forma parte esencial de la vida de fe y del encuentro personal con Jesús, que se identificó con el pobre, como leemos en Mateo 25: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis».


21/08/2013
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