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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 16,20-23

«En verdad, en verdad os digo
que lloraréis y os lamentaréis,
y el mundo se alegrará.
Estaréis tristes,
pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste,
porque le ha llegado su hora;
pero cuando ha dado a luz al niño,
ya no se acuerda del aprieto
por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora,
pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón
y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día
no me preguntaréis nada.
En verdad, en verdad os digo:
lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La amistad con el Señor no es una dimensión previsible y no sólo por la enemistad del mundo, sino también porque requiere un verdadero renacimiento, como por lo demás el propio Jesús le dijo a Nicodemo. Por esto ahora Jesús compara la fe, o el vínculo de confianza con él, con un parto, que es fruto de una gestación larga y agotadora. La fe no es el resultado repentino de los que se creen geniales y por tanto dispuestos a creer, ni tampoco es el resultado espontáneo de una condición normal. Podríamos decir que es palpable aquí el hecho de que uno no nace cristiano, sino que uno se hace cristiano e incluso con algún empeño. De hecho, al igual que en la gestación la mujer participa personalmente en el crecimiento de una nueva vida acogida en su seno, pero al mismo tiempo el desarrollo del niño no es fruto de su habilidad ni de ninguna virtud, así la Palabra de Dios, si se acoge en el corazón, crece y se desarrolla, produce una nueva vida no porque seamos especialmente merecedores de ella o mejores, sino porque actúa con poder en quien la acoge y la hace actuar, a pesar de miles de dificultades. Entonces no hay que dejarse abatir por la dificultad con la que a veces nos fatigamos para acoger la Palabra, mientras es tan fácil dejarla escapar lejos de nosotros como algo previsible o inútil. Este trabajo paciente nos dará una interioridad más profunda, es decir, la capacidad de saborear la dulzura de cada Palabra que nos llega del Evangelio, y también la amargura cuando nos obliga a cambiar los pensamientos y las costumbres. Este es el regalo del que habla el Evangelio, que nadie nos puede negar ni quitar porque es fruto de la fidelidad en la escucha que cada uno puede vivir, si así lo desea.


30/05/2014
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